Historia y Cultura

UN PREMIO NOBEL SONORENSE.

 

Escrito por Bulmaro Pacheco  

 

Cuando en la región se habla de Norman Bourlag, sucede lo que dice Dale Carnegie, que estando en Inglaterra se dio cuenta que de Abraham Lincoln se sabía más en el extranjero que en su propio país: “El caso era que yo, un norteamericano, había tenido que venir a Londres y leer una serie de artículos publicados por un irlandés, en un periódico inglés, para comprender que la carrera de Lincoln era una de las narraciones más fascinantes de los anales de la humanidad”. Decidió por su cuenta realizar una minuciosa investigación del personaje, que derivó en una muy bien lograda biografía del presidente de los Estados Unidos de América (Lincoln, el desconocido).

Con Norman Borlaug, el Premio Nobel de la Paz (1970), nos pasa lo mismo en Sonora. Se sabe más de él en el resto de México y el mundo que en la entidad donde realizó las investigaciones que lo llevaron al galardón. El Nobel de Borlaug necesariamente se agrega a los que en México han logrado Octavio Paz en literatura, Mario Molina en Química y Alfonso García Robles, también como Bourlag, de la Paz.

 

No en balde, Borlaug lo dijo en una ocasión: “Este premio le pertenece a México, porque con un excelente equipo humano mexicano y en tierras mexicanas logré lo que ahora me reconocen”.

 

Todo comenzó cuando el vicepresidente de los EUA Henry Wallace asistió en representación de su gobierno a la toma de posesión del presidente Manuel Ávila Camacho y recorrió en automóvil de Texas al Distrito Federal, lo que le dio oportunidad de conocer las zonas agrícolas del norte y centro de la República y se dio cuenta de que la tierra de los sembradíos estaba muy agotada por siglos de explotación.

 

Comparó los bajos niveles de productividad de la agricultura mexicana y junto con Marte R. Gómez, secretario de Agricultura del gobierno del presidente Manuel Ávila Camacho y del expresidente Lázaro Cárdenas, se propusieron resolver uno de los grandes problemas de México de entonces: la débil producción de 500 kilos de trigo por hectárea sembrada, y la importación del 55 % de las 500 mil toneladas del consumo  nacional del cereal para un México de 22 millones de habitantes.

 

Igual sucedía con el maíz, el frijol y la papa, que México tenía que importar en grandes cantidades. Tiempos aquellos de hambre y aguda miseria.

 

Gobernaba Sonora Abelardo L. Rodríguez y eran los años en que el exgobernador Rodolfo Elías Calles había instalado una estación experimental en el Valle del Yaqui para estudiar el problema de la productividad, y de las constantes epidemias de la llamada roya del trigo que acababa con los cultivos. Apenas iniciaban los proyectos para la construcción de las grandes presas. La Universidad de Sonora tenía apenas 3 años, no había agrónomos ni investigación agrícola; Chapingo apenas se organizaba.

 

De inmediato y para la región, con el apoyo de la Fundación Rockefeller reclutaron a un joven agrónomo especializado en bosques de la Universidad de Minnesota nacido en Iowa en 1914, y que llegó a Sonora en 1945: “Sin saber ni una palabra de español, durmiendo en un catre y cocinando en una estufa al aire libre” y, además, con un exiguo presupuesto.

 

De inmediato Bourlag entró en contacto con  Ricardo León Manzo, Rafael Ángel Fierros, Roberto Maurer y Aureliano Campoy, y junto con un equipo de jóvenes auxiliares se abocaron a trabajar para enfrentar los dos grandes desafíos de la agricultura en el valle: crear una variedad de semilla de trigo resistente a la roya y mejorar la fertilidad del suelo.

 

Pocos saben, por ejemplo, que durante su estancia en el Valle del Yaqui (1945-1976) haciendo sus experimentos para mejorar la productividad de la semilla del trigo y contribuir con ello a la disminución de la muerte por hambre de millones en el mundo, el Dr. Bourlag se hospedó en el Hotel Costa de Oro (hoy Quality Inn), donde una sala de juntas lleva su nombre.

 

Muy pocos saben también que los terrenos donde se creó el primer campo experimental para el estudio de los problemas de la agricultura en Sonora,  relacionados con el mejoramientos de las semillas de trigo, maíz y oleaginosas, fueron 100 hectáreas donadas por  Rodolfo Elías Calles que ahora ocupan las instalaciones del Instituto Tecnológico del Valle del Yaqui (ex ITA 21). Poco se sabe también de la vida que llevaba el Dr. Bourlag en Cajeme durante su larga estancia. “Llegaba a las 5 de la mañana, despuntando el amanecer, revisaba su laboratorio y salía de inmediato al campo a revisar la evolución de los sembradíos”. “Desayunaba y comía frugalmente, lo mismo que los trabajadores del campo experimental. Le gustaban las tortillas hechas a mano, los chicharrones, la cuajada fresca, las guayabas verdes y los elotes, ya sea cocidos o asados”, dicen los profesores Rafael García Leyva y Mario Salazar quienes estuvieron cerca del Nobel.

 

En ocasiones dormía una ligera siesta en la antigua casita del campo donde también pernoctaba. Esa casa se ubicaba donde ahora es un estacionamiento del ITVY donde dan sombra unos enormes yucatecos.

 

Avanzada la noche y al salir del campo, Bourlag abordaba su camioneta para cubrir los 32 kilómetros de terracería que separaban al campo del Hotel. Allá se encerraba en su habitación a teclear en su vieja máquina portátil  de escribir Burroughs las experiencias del día, y los informes que periódicamente mandaba a las organizaciones para las que trabajó.

 

¿Por qué lo financiaron la Fundación Rockefeller y el gobierno de México? Porque el gobierno de los Estados Unidos estaba metido de lleno en la Segunda Guerra Mundial y dedicaba todos sus recursos al gasto militar.

 

Los trabajos de Bourlag y el gobierno mexicano lograron que México fuera autosuficiente en trigo en 1958, 14 años después de que empezaran las investigaciones. Así la producción de trigo pasó de 500 kg por hectárea a entre 7.5 y 8.

 

Con las nuevas presas aumentaron las áreas cultivadas en Sonora y Sinaloa, y mediante prolongados procesos de investigación con nuevas variedades de fertilizantes, se logró la restauración de la fertilidad del suelo.

 

“No fue fácil ni de la noche a la mañana el éxito. Hasta los agricultores de mayor experiencia dudaban de los experimentos de Bourlag”, dice Rafael García Leyva: “En la mayoría de los casos para informar sobre los avances del proyecto y para lograr interesar y cubrir la asistencia a los eventos se tenían que mandar a hacer barbacoas con cerveza incluida, para jalar a las reuniones informativas a la gente del campo”, afirma Oscar Moreno Ramos. que en sus escritos, el laureado investigador reconoce tres fuertes resistencias que bloqueaban la investigación científica en la agricultura: La burocracia política, la burocracia científica y la burocracia administrativa. Afirma Bourlag: “Muchos investigadores que llegan a los peldaños más altos de la jerarquía se vuelven conservadores, y entre los mismos agricultores ante los avances se fomenta el miedo al cambio”. “ Es un error exigirle a los científicos que trabajen para dedicar cada vez más tiempo a la preparación de informes para justificar el trabajo que están haciendo y para tratar la investigación como si fuera una rutina”... y reitera: “Para 1950 la producción mundial de cereales era de 650 millones de toneladas”. Para el año 2000 se incrementó a 1.9 mil millones de toneladas, con un aumento solo del 10 % de las áreas sembradas”. Y para darnos una idea de lo logrado, “si se hubiera querido producir lo logrado en el 2000 con la tecnología de los años cincuenta, se hubieran requerido 1.1 mil millones de nuevas hectáreas de la misma calidad abiertas al cultivo, con el daño seguro de talar bosques y arar las praderas en la misma dimensión”.

 

Dice Oscar Moreno: “Cuando se supo que había ganado el premio Nobel, fue porque llegaron al CIANO allá por la prolongación de la 5 de Febrero (hoy Norman Bourlag)  unas personas enviadas del comité Nobel de Oslo, Noruega, a comunicarle que había sido galardonado con el preciado premio”. Tuvieron que ir por él, al campo para avisarle, y lo encontraron en ropa de paisano tipo caqui, embarrado de lodo, con los zapatos invadidos por la hierba y la humedad… y su primer gesto fue de sorpresa”. “Él, al principio no lo creyó, hasta que junto con los enviados se hicieron las llamadas telefónicas y se confirmó la noticia: Se le había concedido el Nobel de la Paz por sus contribuciones para combatir el hambre en el Mundo. Un notición. Sus investigaciones habían servido para paliar el hambre a más de mil millones de seres humanos en la India, África, Pakistán y una parte considerable de Asia. Se reconocía así al humilde agrónomo, genetista, fitopatólogo, humanista, padre de la agricultura moderna y de la Revolución Verde”.

 

“Fue noticia de 8 columnas en los periódicos locales, pero por desgracia mucha gente no entendió muy bien de lo que se trataba”, reitera García Leyva: “No se tenía tanta información sobre el significado y los alcances del mencionado premio, y menos que la agricultura pudiera contar a efecto de otorgar el galardón a alguien”. “El más grande cambio que tuvo el trigo en 10 mil años”...se dio con Bourlag y su gran equipo de trabajo. ¿Qué tal?

 

Una parte del premio lo destinó a crear un fondo de becas para estudiantes de agronomía y biología de escaso recursos a través de la Fundación Bourlag que por años presidiera Germán Pablos Tirado. Quiso mucho a Sonora y trataba de estar cuando menos una vez al año en el Yaqui. Se daba sus escapadas nostálgicas para visitar los terrenos experimentales de origen con especial énfasis en el Tec del Valle del Yaqui y el CIANO. Bourlag murió en 2009 a los 95 años en Dallas Texas.

 

En diálogo con el profesor Christian Neyoy Siari, un agrónomo estudioso de la vida del Nobel -y para información de los jefes de nomenclatura de los ayuntamientos siempre urgidos de nombres valiosos para las calles y avenidas de los municipios- van las interrogantes: ¿Alguien en la historia moderna ha hecho desde Sonora tanto por la humanidad como Norman Bourlag? ¿Con que personaje ha estado Sonora tan ligado a un premio Nobel? La respuesta es Norman Bourlag. Una vida fascinante de quien sin duda, nació para servir, a punto-precisamente- de conmemorarse el 102 aniversario de su nacimiento.

Origen del nombre de mi pueblo

CAPOSEHUA
Por Bernabé López
¿Qué hacer para descubrir el real origen del nombre de mi pueblo?

El otro día me puse a pensar, porque no se me ocurrió, cuando era un niñito preguntarles a los viejos de donde viene el nombre de mi pueblo. Y a mis tíos no se les ocurrió tampoco preguntar a los mayores, de donde viene el nombre de Los Mochis. 
Mi padre una vez me contó que los que saben bien de los nombres de los pueblos son los yoremes, ya que a través de la tradición oral ellos se fueron transmitiendo la historia de los pueblos y por ende del porqué de los nombres de ellos. 
El abuelo de mi padre era hijo de una yoreme, Aurora Caposehua, que estuvo casada con un hijo de españoles y ella murió al tener su segundo bebé; de manera que mi bisabuelo creció entre indígenas y ya mayorcito su padre volvió por él y vivió varios años entre mestizos.

Cuenta mi padre que su abuelo le narraba historias muy bonitas de lo que eran los yoremes antiguos, y cuando salía con él a recorrer el río Zuaque desde Mayocoba hasta el Fuerte, por los lugares que pasaban su abuelo tenía amigos y era frecuente que se quedara a dormir en cualquier casa de ellos, y escuchaba platicas muy interesantes sobre sus antepasados yoremes y las historias de los pueblos. 
Hoy esas historias pocos las saben y para el hombre blanco, el mestizo, son mentiras, no las cree porque no están escritas por gente que se dice culta o versada en la materia, cuando la verdad es que muchas cosas que están escritas por el mestizo, son mentiras y esas si son creídas. La historia oral no la cree el mestizo y los yoremes, su historia y sus conocimientos de medicina no los transmite en forma escrita. 
Dicen que el nombre de Los Mochis viene de la palabra “mochi” que así le llamaban los yoremes a una plantita que diz que se daba mucho en los terrenos que ahora se conoce como la ciudad de Los Mochis. Esa plantita que además echaba guía, por eso se extiende fácilmente por todos lados, no tan sólo la había en estos rumbos, estaba por todos lados, lo mismo por el rumbo de la Higuera de Zaragoza, que “para arriba”, o sea rumbo a Choix o para el sur o para el oriente. Así que, al menos la familia de mi padre descarta esta teoría. 
Mi bisabuelo, Bernabé López Caposehua, que nació en el siglo XIX contaba que los yoremes andaban según las estaciones del año para arriba y para abajo, y que se aposentaban siempre junto a lugares donde hubiera agua suficiente, y de allí salían a cazar o a pescar, y algunos sembraban. 
Decía que cerca de la laguna de Baatebe, se asentaban unos indígenas a los que los demás yoremes les llamaban los O´mochim, palabra que significa los de junto a, o, los de al lado de… 
O sea, como en aquellos tiempos todo era monte, desde otros puntos identificaban a los que vivían junto al cerro de la memoria, o junto a la laguna de Baateve y por abreviatura les llamaban los o´ mochim. 
Por otra parte, si una planta echa guía, los yoremes le agregan la palabra güiroa, que significa “guía”, y así por ejemplo podemos citar a Camagüiroa, que es “calabaza”, por lo tanto el nombre hubiera sido mochiguiroa.

Pero, así como mi bisabuelo, en base a la historia oral de los yoremes hablaba en esos términos del origen del nombre de esta ciudad, otros han sacado nombres que de plano nada tienen que ver, pero como han escrito su libro de esto o aquello, se les da autoridad para opinar. 
Por ello, hasta que no haya un estudios muy serio de antropólogos tal vez podría darse con certeza de donde viene el nombre de nuestra ciudad; lo único cierto es que el nombre no proviene de esa plantita rastrera. 
Otros señalan que el hoy “cerro de la memoria” y las lomas que están frente a él hacia el norte, antes de que se construyera la carretera 15, Internacional, era una sola serranía y que de allí se extrajo material pétreo para dicha vía de comunicación; por lo que antes de eso, semejaban unas tortugas, y que los yoremes a ese punto le llamaban las tortugas, que en cahita se dice: mochic. Esta podría ser una versión más aceptable. Por cierto que el poblado Mochicahui su nombre significa “tortuga de cerro o tortuga en el cerro”. Lo que encuentro complicado es como pluralizar el mochic en la cahita; tal vez sería: mochicme.

En fin, todo sigue siendo una especulación y hasta que gente en realidad conocedora venga a investigar, podría darse con el nombre verdadero.

Para su información en el municipio de Huatabampo hay una población que se llama Mochipaco, cuyo significado es tortuga en el llano.

Por otra parte con eso de que los nahoas en su peregrinaje pasaron por Sinaloa, dejaron asentamientos humanos y por supuesto nombres que tal vez replicaron por todos lados, ya que en lugares donde se habla la náhuatl hay otros “Mazatlán” por ejemplo; o mazatepec, palabra que en náhuatl significa cerro del venado; así, gente que conozca de lenguas antiguas podrá dar con el verdadero significado de Los Mochis, porque ya hay quien asegura que le pusieron así por aquella frase gringa de” to much”; sólo que hay por allí mapas de antes de que viniera Owens con su gente, en donde ya se consideraba una población llamada mochis. 
Ahora descubro que hay dulces que les llaman “mochi” y que los vascos le llaman “mochi” a los mensajeros de campesinos..

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Felicitación IMAC

Comisión de Historia y Cultura de Los Mochis, A.C.

La Cultura para Trascender

Periodo Dr. Julio A. Ibarra Urrea 2018-2020

 

Noviembre 14 de 2018

 

Felicitamos al C. Alfredo Salazar Hermosillo por su designación como Asesor de Historia y Cultura

 del C. Presidente Municipal de Ahome  Manuel Guillermo Chapman Moreno, esperando que su

actuación sea exitosa.

Atentamente

 

C.P. Bernabé López Padilla            Lic. José C. Rodríguez Laura

               Presidente                                         Secretario

 

Prof. Francisca D. Zamora Campos

Tesorera

EL TÍTULO DE MÉDICO CIRUJANO

 

Aquí un tema súper escabroso.

 

En México todos los médicos salen con el título "médico cirujano", pero ninguno sabe cirugía si no ha cursado la especialidad.

 

El título es un fraude, como explica el Dr. Jorge Cervantes Castro, distinguido médico con

 

posgrado en cirugía por la Universidad de Georgetown en Washington, D.C. 

 

 

 
EL TÍTULO DE MÉDICO CIRUJANO

 

Jorge Cervantes Castro. Entrevista con Carlos Véjar Pérez-Rubio

 

El doctor Jorge Cervantes Castro (Guasave, 1940) es un destacado médico cirujano egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México, de la cual ha sido profesor Titular de Cirugía. Realizó sus estudios de posgrado en Georgetown University, Washington, D. C. Entre otros reconocimientos y distinciones, ha sido Presidente de la Asociación Mexicana de Cirugía General; Presidente de la Federación Latinoamericana de Cirugía; Presidente del XXXVI Congreso Mundial de Cirugía; Miembro Honorario del American College of Surgeons y de la International Society of Surgery / Societé Internationale de Chirurgié. Es miembro del Concepto Editorial de Archipiélago, en donde han aparecido publicadas numerosas colaboraciones suyas.

 

En esta ocasión, nos hemos propuesto realizarle una entrevista a propósito del controvertido tema que seleccionó para desarrollar su tesis profesional, con la que obtuvo recientemente ─el 6 de abril de 2016─ el título de Doctor en Derecho por la misma UNAM: “Las implicaciones legales del título de Médico Cirujano”. Veamos:

 

CVPR. Estimado Jorge, cuéntanos cómo comenzó esta aventura académica que tantos comentarios ha suscitado entre tus colegas de ambas profesiones y en las instituciones respectivas.

 

JCC. A mediados del mes de noviembre de 2011 recibí una invitación para acudir a una cita en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México, con el director, doctor Ruperto Patiño Manffer, y la jefa de la División de Estudios de Posgrado, doctora Arcelia Quintana Adriano. Requerían mi ayuda para organizar un homenaje el año siguiente con motivo del centenario del nacimiento del Maestro Emérito de dicha Facultad, Raúl Cervantes Ahumada.

 

Acepté desde luego, y de inmediato se hicieron los planes para el evento y la publicación por la UNAM de la obra Notas autobiográficas del Maestro.

 

Aproveché ese encuentro para comentarles que yo tenía gratos recuerdos de la Facultad de Derecho, a la que había asistido en numerosas ocasiones acompañando en sus clases a mi tío, el Maestro

Cervantes Ahumada, durante mi época estudiantil. Curiosamente ─les dije─, cuatro de mis cinco hijos y un nieto son licenciados en Derecho, esa profesión ha estado presente siempre en mi vida.

 

Interesados en el asunto, me invitaron a presentar un proyecto de investigación interdisciplinario que involucrara la medicina y las leyes, para un posible doctorado en derecho.

 

CVPR. Claro, recuerdo que me has contado que en esos tiempos de estudiante, recién llegado de Guasave, fuiste adoptado por el hermano mayor de tu padre, el distinguido abogado Raúl Cervantes Ahumada, uno de los profesores fundadores del doctorado en la Facultad de Derecho. Y que en las mañanas viajaban juntos a la Ciudad Universitaria, en donde el Maestro Cervantes se iba a su clase en Derecho y tú a la tuya en Medicina. Pero dime, qué procedió después de esa propuesta.

 

JCC. Rápidamente reuní los requisitos: dos licenciaturas, tres idiomas y un proyecto de investigación que presenté ante el comité académico respectivo, el cual fue aceptado, por lo cual procedí a inscribirme como alumno en el Posgrado, pensando que tendría la oportunidad de buscar en un foro adecuado la corrección de un problema trascendental en el que había estado involucrado desde hacía más de 47 años.

 

CVPR. ¿Cuál era ese problema?

 

JCC. Verás. Al terminar mi carrera en la Facultad de Medicina de la UNAM, en el verano de 1962 recibí el título profesional de “Médico Cirujano”, el cual consideré incorrecto. Procedí a  colocarlo en el fondo de una maleta para viajar de inmediato a la Universidad de Georgetown, en Washington, D. C. Tenía la intención de efectuar estudios de posgrado en la especialidad de cirugía general y cirugía vascular, lo que realicé efectivamente en un periodo de seis años.

 

Regresé a México en 1969, una vez concluida mi residencia, gracias a la cual obtuve la certificación del American Board of Surgery (Consejo Americano de Cirugía).

 

Grande fue mi sorpresa al encontrar compañeros de mi generación que, recién terminada la carrera, ejercían como cirujanos y efectuaban diversos tipos de intervenciones quirúrgicas. Uno de ellos incluso tenía un Sanatorio, al que me invitó para revisar a una joven de 23 años a quien había operado de hernia umbilical y “no evolucionaba satisfactoriamente”.

 

Encontré a una paciente comatosa, con datos francos de falla orgánica múltiple. Al operarla detecté peritonitis fecal extensa por una perforación de colon, ocasionada durante la simple operación de hernia umbilical, grave complicación que no fue reconocida ni tratada adecuadamente durante días, lo que ocasionó la muerte de esta desdichada paciente.

 

CVPR. Me imagino lo que debió de haberte afectado tal situación. Y lo que debes de haber pensado de tu compañero y de la paciente fallecida.

 

JCC. En efecto, lo anterior me impactó sobremanera. Ver morir a esta joven mujer por la operación de ese “Médico Cirujano”, que sin tener formación ni experiencia en la especialidad de cirugía efectuaba procedimientos quirúrgicos en su Sanatorio, sin ningún control ni supervisión por autoridad alguna, no fue fácil.

 

Indignado de lo que había visto, inicié desde entonces la lucha contra el título profesional incorrecto, que tantas tragedias como la aquí relatada ha ocasionado y sigue ocasionando a lo largo y ancho del país.

 

CVPR. ¿Y qué resultados has alcanzado?

 

JCC. La lucha ha sido difícil, es como predicar en el desierto. Lo he denunciado en todo tipo de foros, ante autoridades educativas y de salud, en congresos médicos, en libros, en artículos científicos, en conferencias, ante Comisiones del H. Congreso de la Unión, ante las Academias Nacional de Medicina y Mexicana de Cirugía; en escuelas y facultades de medicina, en diversos medios periodísticos y en la televisión.

 

No me he cansado de combatir este mal y después de más de 47 años de lucha infructuosa, acepté el reto de presentar esta lacra ante los eruditos de la H. Facultad de Derecho de nuestra máxima casa de estudios, con la esperanza de que la investigación lograra despertar conciencias para erradicar ese vicio de expedir un título profesional incorrecto.

 

CVPR. Es decir, tu interés al involucrarte en este proyecto era analizar las implicaciones legales del título profesional de “Médico Cirujano”, partiendo de la convicción de que dicho título es incorrecto, ya que la entidad o entidades que lo expiden no tienen la certeza que el profesionista así titulado esté capacitado para ejercer la compleja actividad que implica la cirugía.

 

JCC. En la práctica, los programas académicos de más de 150 escuelas y facultades de medicina del país sólo enseñan nociones de cirugía a sus egresados, quienes por lo tanto no están capacitados para ejercer la especialidad quirúrgica, ya que en los seis años de la carrera sólo han sido expuestos a las generalidades de algunas patologías que requieren tratamiento quirúrgico.

 

Sin embargo, al terminar su licenciatura, en el 98% de dichas escuelas y facultades reciben el documento que los acredita como “Médico Cirujano” o alguna variante que incluye “cirujano”. Y con ese título les expiden la cédula profesional correspondiente, que los autoriza a ejercer la medicina y la cirugía a lo largo y ancho de la república, sin limitaciones ni verificaciones sobre sus habilidades quirúrgicas.

 

Cuando un paciente se pone en manos de un cirujano, le está confiando lo más valioso que tiene: su vida. Y si este profesional, por ignorancia, negligencia, deshonestidad, omisión o impericia le ocasiona un problema, estará traicionando el juramento hipocrático: “primum non nocere” (primero no hacer daño).

 

Se dice en nuestro medio que “el Médico entierra sus errores”, también “que es de humanos errar”, pero se olvida la otra parte de esa famosa frase: “…pero es de sabios rectificar”.

 

CVPR. ¿Qué procedió entonces? ¿Cómo armaste la investigación, con la que elaboraste tu tesis de doctorado? ¿Cuál es su estructura?

 

JCC. El plan general de este proyecto de estudio interdisciplinario lo desarrollé en diez capítulos.

 

El Capítulo Uno incluye al inicio una línea del tiempo con la cronología histórica de eventos importantes en la evolución de la Medicina Mexicana. Va desde la fundación de la gran Tenochtitlán en

1325 hasta el año 2011, cuando tuvo lugar la trascendente modificación al artículo 81 de la Ley General de Salud, que hace obligatoria la necesidad de certificación de los médicos especialistas.

 

El Capítulo Dos analiza la formación del médico moderno, con sus orígenes en el establecimiento de Ciencias Médicas en 1833. Contiene la abolición del Protomedicato, la creación de la Universidad Nacional, la adopción del modelo Flexeriano de educación médica, del programa básico del perfil de competencias y del Plan Único de Especialidades Médicas (PUEM) aprobado por la UNAM. Incluye la proliferación de escuelas de medicina y el excesivo número de médicos que se gradúan cada año, con graves deficiencias en su preparación y la titulación incorrecta de “Médico Cirujano”.

 

En el Capítulo Tres se estudia el proceso de formación del cirujano general. Los pasos que debe seguir quien desee ingresar a una de las 133 sedes con programa universitario de residencias en cirugía. La

duración de la misma comparándola con otros países, y la importancia de lograr la certificación como especialista al término de su entrenamiento.

 

El Capítulo Cuatro analiza el modelo de la práctica de la cirugía en el país. Contiene datos estadísticos del número de médicos, de hospitales y de intervenciones quirúrgicas en instituciones del Sistema Nacional de Salud, con especial interés en quienes cuentan con la certificación vigente como especialistas en cirugía.

 

El Capítulo Cinco está dedicado a revisar las especialidades médicas (CONACEM). Los requisitos para acceder a ellas, la importancia de los mecanismos de certificación y re-certificación, de las instituciones que los otorgan y la necesidad de este documento a partir de los cambios en la Ley General de Salud del 1 de septiembre de 2011.

 

El Capítulo Seis analiza lo que originó la creación de la CONAMED. Este organismo en lugar de investigar los orígenes de las miles de quejas por mala o deficiente atención médica, dedica sus labores a la asesoría, gestión, conciliación y arbitraje, cuando lo más lógico sería ir a la raíz del problema.

 

 El Capítulo Siete es una revisión de los ordenamientos jurídicos relacionados con el derecho a la salud y la obligación del estado como entidad rectora, de garantizar a la población el acceso a una atención médica de calidad.

 

En el Capítulo Ocho se analizan los ordenamientos jurídicos del derecho a la educación y a las profesiones. Destaca la importancia de la función de la Dirección General de Profesiones (DGP), entidad que registra los títulos y expide las cédulas para que el médico pueda ejercer su profesión.

 

El Capítulo Nueve ilustra diez ejemplos de casos clínicos de pacientes que fueron intervenidos quirúrgicamente por médicos que, amparados en un título de “Médico Cirujano”, causaron graves complicaciones y hasta la muerte, por no estar debidamente preparados como cirujanos.

 

Por último, el Capítulo Diez resume los resultados de la investigación. Se presentan las conclusiones y las propuestas tendientes a corregir esta aberración en la medicina mexicana que data desde la primera mitad del siglo antepasado, cuando se expidieron los primeros diplomas de “Médico Cirujano”, costumbre que ha continuado hasta nuestros días.

 

La tesis contiene varios anexos con el número total de escuelas de medicina, las escuelas de medicina públicas y privadas registradas en

COPAES, la lista de programas universitarios que tienen residencias de cirugía general, y las leyes reglamentarias tanto de salud como de educación, que tienen relación con el tema.

 

CVPR. ¿Y has tenido algunos resultados positivos a partir de la exposición de la tesis y el examen de grado, que presentaste hace justamente un año? ¿Cuáles han sido las consecuencias hasta ahora?

 

JCC. Creo que vamos por buen camino, se han interesado en atender el problema, entre otros, el rector de la UNAM, doctor Enrique Graue Wiechers; la Facultad de Derecho de la misma universidad; las Academias Nacional de Medicina y Mexicana de Cirugía; el Secretario de Salud, doctor José Narro Robles; y el Ministro de la Suprema Corte de Justicia, doctor José Ramón Cossío Díaz. Este último me invitó incluso a ser coautor con él de un texto relacionado con el tema, auspiciado por la Corte, en la serie que dirige sobre “El Derecho y la Medicina”.

 

CVPR. Muy bien Jorge, te felicito. No cabe duda que este es un asunto que merece ser resuelto lo más pronto posible. Los lectores de Archipiélago lo van a reconocer. Como reconocieron aquel artículo tuyo que publicamos en el número uno de la revista, en mayo de 1995: “Iatrogenia en cirugía”.

 

SEMBLANZA

Carlos Véjar Pérez-Rubio (Ciudad de México, 1943). Arquitecto mexicano, Maestro en Historia del Arte y Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Fue investigador del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe (CIALC) y profesor de la Facultad de Arquitectura de la UNAM. Director general de Archipiélago. Revista Cultural de Nuestra América.

 

Sus más recientes libros son Las danzas del huracán. Veracruz y La Habana en los años treinta (Conaculta, CIALC-UNAM, 2014) y Amanecer en las islas. Rutas y retos de la integración de Nuestra América (CIALC-UNAM, 2015)

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