Historia y Cultura

PEDRO INFANTE SE CAYÓ DEL CIELO

Pedro Infante, Historias que se tejieron y Misterios que surgieron después de su muerte

 

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Por: Óscar Alfredo Larico Dávila

Lima, PERÚ, domingo 07 de setiembre del 2014

Fotos cortesía de Luis Baca Díaz.

  

Nadie imaginaría jamás, que producida la muerte del inolvidable Pedro Infante aquel aciago lunes 15 de abril de 1957 en Mérida, Yucatán; de su velatorio en la casa ubicada en la avenida Aviadores (hoy Itzaes N° 587) que el cantante y actor poseía en dicha ciudad donde había fijado residencia; y del posterior traslado de sus restos mortales a bordo de un avión Douglas DC – 3 matrícula XA – HEY de Transportes Aéreos Mexicanos (TAMSA) a la Ciudad de México para ser enterrado en la Sección Capillas, Fila 26, Fosa 54 del Panteón Jardín el miércoles 17 después de ser velado por casi 22 horas en el Teatro Jorge Negrete de la ANDA, en donde, con participación masiva del pueblo, sus compañeros de arte le rindieron un sentido y justo homenaje, a partir de entonces, se empezaría a tejer una serie de historias tendentes a sembrar la duda en torno a su deceso en el fatídico accidente de aviación.

La muerte de Pedro Infante, cómo se sabe, ocurrió cuando el tetramotor marca Consolidated Vultec B – 4 – J, modelo Liberator, matrícula XA – KUN  de Tamsa se estrellara en la calle 87, en la casa signada con el N° 489 A de Mérida, y según el certificado de defunción emitido por el doctor Delio A. Aguilar Vázquez (luego que el Dr. Benjamín Góngora Triay, médico epidemiólogo, que en ese momento se desempeñaba como Presidente Municipal, Médico Forense, representante del Ministerio Público y además, amigo personal del ídolo, ordenara el levantamiento del cadáver), después de realizada la autopsia de ley a su cuerpo (o a lo que quedaba de él) se había debido a “Atricción Total de los Tejidos”. Y es qué, el cuerpo del antiguo carpintero  de Guamúchil al calcinarse se había reducido a 75 centímetros y a 22 kilogramos de peso tras la explosión de la aeronave. Tenía dos fracturas en la columna vertebral, contusión total en la caja craneana, fractura en la pelvis y en los huesos iliacos, así como fracturas en el fémur, tibias y peroné. El cadáver de Pedrito había quedado prácticamente irreconocible (aunque se dijo que un lado de la cara sí era reconocible) al producirse el impacto y explosión del avión, cuyos tanques se encontraban llenos de combustible.

  “El Diario de Yucatán” de la ciudad de Mérida, a través de una edición especial había sido el primer informativo periodístico mexicano en divulgar la noticia sobre el fatal accidente. Con lujo de detalles narró los pormenores del mismo, consignando en sus páginas impactantes fotos del accidente y sus estragos, así como declaraciones de varios de los testigos presenciales que constituyeron verdaderas primicias para sus lectores.  Igualmente, otros medios periodísticos de esa fecha con la premura que la ocasión demandaba, se encargaron de llevar las primeras noticias casi de inmediato a sus radioescuchas, televidentes y lectores. Los reporteros, locutores, camarógrafos, fotógrafos y enviados especiales de los diversos medios de comunicación de toda la República Mexicana se trasladaron de urgencia al lugar de los hechos en la ciudad blanca, utilizando todos los medios de locomoción a su alcance para cubrir los pormenores del fatídico accidente en que perdieran la vida Pedro Infante Cruz y sus dos acompañantes de vuelo, el Capitán Piloto Víctor Manuel Vidal Lorca y el mecánico Marcial Bautista Escárraga, así como los incidentes posteriores. Mientras tanto, desde las redacciones de los medios informativos de todo el mundo empezaron a demandar a sus pares mexicanos la mayor información posible sobre el accidente.  A la confirmación de la muerte del ídolo de México siguió un estado de estupor e incredulidad entre la gente sencilla del pueblo (entre los que se contaban sus más leales seguidores), que no alcanzaban hasta ese momento a digerir la infeliz noticia y mucho menos, a descifrar la magnitud de las consecuencias del accidente para la familia del cantante y actor, así como para el pueblo mexicano.   

La magnitud de la tragedia puede adivinarse al mirar las fotos. Ni Pedro ni la tripulación tuvieron ninguna opción para sobrevivir.

Entretanto, el escenario del accidente lucía sombrío, lúgubre, tétrico, tenebroso. El paisaje era desgarrador. La gente lugareña se encontraba abatida, consternada, compungida; incrédula como era, no podía creer en lo que había acontecido, y menos, que a resultas del catastrófico accidente el más notable de sus vecinos haya perecido de forma tan violenta, tan abrupta, tan aturdidoramente incomprensible. Y es que para ellos, Pedro Infante, el cantante y actor más querido y amado por el pueblo mexicano había sido uno de sus vecinos más importantes y a la vez, el más sencillo. Su reconocido altruismo y desprendimiento, así como su modestia, sencillez, humildad, sensibilidad, solidaridad y carisma habían logrado conquistar los corazones de toda esa buena gente, quienes lo trataban con mucho respeto y cariño. 

Los visitantes cuando arribaron a la ciudad de Mérida se encontraron con un espectáculo anómalo, sus pobladores mostraban en sus rostros y en sus acciones estados de incredulidad y desasosiego.  Mérida era una ciudad donde sus pobladores, cual muertos vivientes, arrastraban su dolor y su quebranto  por el infausto episodio que no hacía mucho tiempo les había tocado vivir.  En ese momento, los habitantes de esa ciudad vivían una espantosa realidad que había cambiado la calma habitual por horas de estupor y dolor. Esa gente no sería más la gente alegre y dicharachera que conocieran quienes arribaran a la ciudad en visitas anteriores; la muerte del ídolo los había marcado para siempre con tinta indeleble en sus mentes y en sus corazones. Ese día, la ciudad sufría un movimiento inusual y  su apariencia era la de una ciudad muerta, porque toda ella parecía ser un cuadro  sacado del Libro de El Apocalipsis o de la Divina Comedia por lo dantesco de su visión; sus habitantes, dolientes y llorosos parecían almas en pena que en procesión deambulaban por sus calles sin rumbo fijo. Muchos de ellos, con los ojos inflamados y rojos de tanto haber llorado y con  las miradas perdidas ante lo irremediable, no sabían que hacer ni dónde ir, simplemente caminaban.    

En la capital de la nación, las manifestaciones de dolor alcanzarían dimensiones de tragedia. Por doquier las lamentaciones de la gente se hacían gemidos y alaridos de desesperación y terror que amenazaban con llegar al cielo y romper su tranquilidad. La gente, entre  trémula y nerviosa corría de un lado a otro mostrando en sus rostros las huellas que les había causaba la pérdida del charro incomparable. El dolor intenso que laceraba sus almas con el transcurrir de las horas se había ido incrementando haciéndolo cada vez más insoportable. Cuándo los restos de Infante llegaron al Aeropuerto Internacional de México a bordo del avión Douglas DC – 3 matrícula XA – HEY de Tamsa, por sus inmediaciones, un gran tumulto de gente acongojada se había instalado a ambos lados de la calle para ver su traslado a bordo de una carroza fúnebre al local de la ANDA donde sería velado hasta que llegue la hora de llevarlo al camposanto. Verdaderos ríos de gente empezaron a correr detrás del vehículo acompañando a quien fuera su máximo ídolo. Los restos mortales de Pedro en el avión de Tamsa que lo trasladó desde Mérida a la ciudad de México para su velatorio y entierro. Instalado en un féretro color gris (se le cambió en la funeraria Sullivan por el ataúd en el que se trasladó su cadáver desde Mérida) los restos mortales de Infante en el teatro Jorge Negrete de la ANDA, sus compañeros de arte, representantes de la casta política y del sector financiero, así como grandes personalidades de la sociedad mexicana, como un justo homenaje póstumo al gran artista y mejor compañero hicieron sucesivas Guardias de Honor ante la capilla ardiente. La primera Guardia de Honor la conformaron Mario Moreno “Cantinflas”, José Elías Moreno, Arturo Soto Rangel, Miguel Manzano, Ángel y José Infante. Interminables caravanas de dolidos admiradores del ídolo de México desfilaron ante el ataúd que contenía su cuerpo sin vida para despedirse de él. Unos murmuraban cariñosas palabras que el ídolo ya no escucharía; otros musitaban breves oraciones y en ellas le pedían al Divino Creador que perdonara sus pecados no confesados para salvación de su alma; y había algunos otros que llevados por la emoción no podían articular palabra alguna y solo se limitaban a besar el cajón y llorar en mudo adiós.

  Este desfile se dio durante horas y no había cuando acabar. Parecía que todos los habitantes de la ciudad de México se habían reunido en el local de la ANDA y que el resto de la ciudad capital estuviera vacía. Todo el martes 16 al igual que la madrugada del miércoles 17, se sucedieron las Guardias de Honor y el desfile de interminables oleadas de dolientes admiradores ante su féretro. Las horas fueron pasando y la cola no parecía avanzar, pues su número no disminuía. Muchos no pudieron despedirse del ídolo, pues llegada la hora de trasladar sus restos al Panteón Jardín, se suspendió el peregrinar ante su ataúd.  A las 9 de la mañana, exactamente,  el féretro que contenía los restos mortales de Pedrito fue sacado  en hombros de los sufridos asistentes del  teatro Jorge Negrete para enrumbar a la que sería su última morada. Después de un corto trecho, se le depositó en la parte posterior de la limosina de color negro marca Cadillac modelo 1951 de placa de rodaje 18-24-03 del Distrito Federal, para acelerar el recorrido. El cortejo fúnebre se convirtió muy pronto en un río humano de aguas que corrían vertiginosamente y sin control, haciendo temblar el suelo de las calles y avenidas de la ciudad por dónde transitaba. 

La multitud doliente seguía al vehículo al mismo ritmo y velocidad. Nadie quería quedarse atrás, nadie quería perderse la ocasión de despedirse de quien fuera su ídolo por última vez; nadie quería quedarse sin hacer escuchar sus sentimientos, y si era necesario gritar, pues gritaban a todo pulmón ante la posibilidad de que lo escuchara su Pedrito. Se hizo común ver a ancianos, adultos, jóvenes, niños, hombres y mujeres, llorando ante la temprana desaparición de su ídolo. Nunca antes el pueblo mexicano había llorado tan amarga y copiosamente por alguno de los hombres nacido en su suelo como lo hizo por Pedro Infante. Ni siquiera cuando los hombres partían dejando sus hogares para pelear la guerra por la independencia o durante la revolución de 1910 se habían suscitado escenas tan desgarradoras como ésta. Daba la impresión que el pueblo había reservado tal honor para el más representativo e insigne de sus hijos. Se dice que fueron 150 mil los que acompañaron su ataúd hasta lo que sería su sempiterna morada; número nunca igualado ni superado en otro evento de la misma naturaleza, lo que resulta relevante, puesto que en ese entonces, la ciudad de México no era tan extensa como en este tiempo y tenía muchos menos habitantes que los que tiene ahora.

En hombros de sus hermanos Ángel y Pepe Infante Cruz, Mario Moreno “Cantinflas” e Ismael Rodríguez Ruelas, el féretro que contenía los restos de Pedro fue trasladado a su tumba para su sepelio. El responso u oración fúnebre estuvo a cargo del Párroco Manuel Herrera, quien resaltó en su alegoría el elevado espíritu religioso de Pedro y de la familia Infante en su contexto; su amor incondicional y su suprema devoción por la Virgen de Guadalupe que incidieron en su desinteresada y excelsa participación en la maratón guadalupana; su amor por su patria y su gente, especialmente, la más necesitada y humilde. El discurso de orden corrió a cargo del actor Rodolfo Landa (Rodolfo Echevarría Ruíz), a la sazón, Secretario General de la Asociación Nacional de Actores (ANDA), quien en su discurso ponderó y elogió la personalidad del artista, su altruismo, solidaridad y bonhomía para con la gente de escasos recursos y con sus compañeros de profesión, su amor por la tierra mexicana y su inquebrantable amor por su profesión y su familia, plasmando en la parte final lo que bien podría haberse escrito como epitafio en la lápida del antiguo carpintero: “La generosa tierra de nuestro México, al que supiste cantar con el más tierno de tus acentos, abra sus brazos para darte amoroso cobijo”. Los grupos de mariachis y muchos connotados solistas que habían desplegado sus más bellas notas musicales y arpegios para despedir a quien fue su ídolo y al cual trataron de emular en algún momento de sus vidas, no dejaron de entonar las canciones que en vida interpretara el ídolo de México, incluso, después que se hubo dado sepultura al cuerpo del más famoso artista de su tiempo en la tumba que estaba  al lado de la de don Delfino su padre y muy cerca de sus dos más grandes amigos cómo lo fueron Jorge Negrete y Blanca Estela Pavón. Tal parece que el destino cumplió uno de los más ardientes deseos del sinaloense, pues “murió volando y lo enterraron con música”, como solía decir cuando se le preguntaba la forma en qué le gustaría morir.

Como podrá apreciarse de la lectura, los vehículos motorizados jugaron papel importante en la vida de Pedro Infante. Pierde la vida a bordo de un avión que había servido para transportar tropa durante la Segunda Guerra Mundial que se vino abajo por una falla mecánica y explosionó al impactar con el suelo en la intersección de las calles 54 y 87 en Mérida. En otro avión, su cuerpo sin vida es trasladado a la ciudad de México después de haber sido velado en la ciudad blanca,  escenario del penoso y lamentable acontecimiento. Y en una limosina (carroza) fúnebre, fueron llevados sus restos mortales al Panteón Jardín, para ser depositados en la tumba que sería su última morada. Tumba, que durante el tiempo que lleva de fallecido el ídolo de ídolos, diariamente recibe visitantes que la adornan con sendos aparatos florales todos los días del año, no importando si es invierno o verano, o si hace frío o calor.  

Después de enterrados los restos de Pedro, se esperaba que el tiempo ayudaría a restañar las heridas de sus afligidos deudos y del pueblo mexicano; qué sus admiradores, que en esa época constituían verdaderas legiones, siguieran asistiendo en peregrinación al Panteón Jardín para depositar flores y orar en su tumba; qué los homenajes a partir de entonces se darían a lo largo y ancho del territorio de la nación azteca para recordar al más preclaro y humilde de sus hijos; qué los responsos y misas por el eterno descanso de su alma se seguirían dando por siempre jamás con asistencia multitudinaria de sus enfervorecidos seguidores al cementerio y a los templos donde se realizaran estos eventos; qué sus fieles y leales admiradores devoren los escritos que se publiquen y desaparezcan de las vitrinas y estantes de las librerías cuanta obra biográfica se ponga en venta; qué sus discos se sigan vendiendo como pan caliente y sus películas  continúen exhibiéndose en las salas cinematográficas para disfrutar de la oportunidad de oírlo cantar y verlo actuar como cuando estaba vivo y, muchas otras cosas más, pero, jamás imaginaron, que aparecerían personas que sin mostrar rubor alguno decían ser Pedro Infante. Varios de ellos lucían ciertas discapacidades físicas aludiendo que ello era una consecuencia del accidente de aviación que habían sufrido. Hubo alguien a quien le faltaba un brazo y otro luciendo horrorosas cicatrices en el rostro a consecuencia de las  graves quemaduras sufridas. Hubieron otros que adujeron haber sufrido amnesia a resultas del accidente y no recordaban algunas cosas de su vida pasado y mucho menos como se habían salvado. Todos ellos imitaban la voz de Pedro cuando cantaban, coincidentemente, los temas que el nacido en Mazatlán había grabado en discos e interpretado en sus películas. Pero el tiempo, que es sabio y no deja nada sin escudriñar, se encargaría de descubrir sus verdaderas historias y sacar de circulación a estos usurpadores y timadores que por años se habían dedicado a jugar con los sentimientos del pueblo mexicano, aprovechando que éste, jamás, al igual que su familia, había podido encontrar consuelo ante la magnitud de la pérdida que representó la muerte de Infante y que deseaba fervientemente que aquello no hubiera sido más que un mal sueño y que en cualquier momento aparecería el ídolo inmortal vivo. 

Tal y como se esperaba, los homenajes a Pedro Infante se han venido dando año tras año en todo el territorio mexicano, especialmente, durante la fecha de su nacimiento y del aniversario de su muerte, pero, de todos ellos, los que se realizan en el Panteón Jardín, donde reposan sus restos, son los que mayor concentración de admiradores y adeptos convocan. Muchos de los asistentes son del interior de la república mexicana qué han viajado con el único propósito de estar presentes y participar de estos actos celebratorios en los que se le rendía y rinde homenaje al ídolo inmortal. La radio y la televisión, principales medios de información periodística, se encargaron de realizar desde el mismo cementerio sus transmisiones en vivo y en directo llevando a los hogares de sus oyentes y televidentes las imágenes e incidencias de cuanto ocurría en dicho escenario. También en el extranjero se le recuerda con mucho cariño en estas fechas. 

Con el correr de los años, en muchas ciudades de la república mexicana se inauguraron parques, plazas, plazuelas, monumentos, calles, avenidas, estatuas, dedicadas a honrar la memoria del más grande ídolo popular; las estatuas con la efigie de Pedrito en diferentes personajes de sus películas se fueron multiplicando y haciendo numerosas, a la par que en el imaginario colectivo, su recuerdo fue construyendo bases sólidas hasta hacerse imperecedero, eterno. Además, el personaje mítico que fue Pedro en un principio, con el tiempo se convirtió en leyenda, y es así como subsiste hasta ahora. Como bien dice Jesús Amezcua Castillo, autor del libro biográfico PEDRO INFANTE Medio Siglo de Idolatría, el carpintero de Guamúchil “es el familiar invisible que todos tenemos y junto a quien crecemos, porque está presente todo el tiempo en nuestros hogares en sus discos,  películas y pláticas”. 

Tuvieron que transcurrir aproximadamente 26 años de ocurrida la muerte de Infante para que apareciera otro imitador del ídolo de México que se hacía llamar Antonio Pedro y cuyo nombre real era José Antonio Hurtado Borjón, nacido en Lerdo, Durango el 6 de julio de 1929. Fueron  sus padres don Juan Hurtado Rivas y doña María del Refugio Borjón Granado. Este personaje tuvo tras de sí una organización que armó todo un andamiaje para desde un comienzo trabajar en un solo objetivo que era sembrar en el pensamiento de los admiradores del natural del Estado de Sinaloa la idea de que este no había perecido en el accidente de aviación. Consecuentes con este pensamiento, el grupo desde su aparición empezó negando la muerte del ídolo de México.  Desconoció los resultados consignados en el protocolo de autopsia practicado a su cadáver teniendo como base las informaciones periodísticas de la época del accidente en las que se decía  que los restos mortales de Infante habían quedado prácticamente irreconocibles después de producida la explosión e incendio de la aeronave.

Para fundamentar su posición, deslizaron dos teorías con las cuales, según su criterio, esperaban demostrar que el tal Antonio Pedro, era en verdad, Pedro Infante Cruz, el mismo que después de haber huido de su cautiverio forzado, empezó a hacer apariciones artísticas públicas allá por el mes de febrero del año 1983: La Suplantación y  El Secuestro del ídolo de ídolos. 

  Arguyeron que Pedro antes del vuelo de Mérida a México fue suplantado por otra persona por quienes tenían la orden de matarlo, orden impartida desde la más alta esfera de gobierno de ese entonces. Al parecer, la suerte estuvo de lado del antiguo carpintero, pues resultó que los sicarios eran sus admiradores y no quisieron asesinarlo. Esto quiere decir, que para ellos, quien aparece de espalda en lo que se dice es la última fotografía que se le tomara cuando se dirige al fatídico avión, no es él, es el suplantador. De la misma manera, niegan que la voz que escuchó Carmen León, Operadora de radio de Tamsa haya sido la de Infante cuando anuncia que “están listos para despegar”. En las pláticas que solemos mantener con el periodista, escritor y profesor universitario Jesús Amezcua Castillo, coincidimos que esto vendría a ser una aberración contra la memoria del refulgente astro del cine y la canción, ya que conociendo cómo era Pedro Infante, es improbable que hubiera accedido a ser suplantado por otra persona a sabiendas que para salvar su vida, tres seres  inocentes perderían las suyas con consecuencias catastróficas para sus familias que en adelante llevarían una vida de estrecheces y  falencias económicas. Además, esta acción no hubiera podido hallar justificación ante el pueblo que tanto lo amaba y lo había llorado, ni aunque de por medio haya estado en peligro la seguridad de su familia ni ante la amenaza de verse alejado de ella y de las cosas que tanto le gustaban para siempre. Eso era algo con lo que él no hubiera estado de acuerdo jamás. De hecho, no lo hubiera considerado ni siquiera como una posibilidad. Lo más lógico es pensar, que hubiera rechazado la propuesta y habría preferido la muerte, por qué de concretarse este siniestro plan, su familia no habría sufrido las consecuencias, ya que el único objetivo era él. Finalizaban esta historia manifestando que fue confinado en las Islas Marías, de donde se dice que es imposible fugar. Es lógico preguntarse entonces: ¿Cómo lograría alcanzar la libertad Pedro? ¿De qué medios se valdría para fugar? ¿Quiénes le facilitaron los medios para la fuga?  

La gente, tanto en Mérida como en México desfiló ante su féretro tratando de ver el cuerpo inerte del ídolo de México. En una de las fotos podemos apreciar a un joven Javier Solís, que junto a otros dolientes se despide de quien fue su ídolo antes de su consagración.

Con el tiempo variaron la historia, ya no decían que se había producido la suplantación, sino, que Pedro saltó del avión antes de que este impactara en el suelo y se produjera la explosión. Que cayó sobre una plantación de naranjos y estos amortiguaron su caída, y que debido a su fuerte complexión atlética logró sobrevivir al impacto. Que muchas personas que apreciaron el accidente testificaron que vieron a Infante asomarse por la ventanilla del avión antes de que este se estrellara en el patio de la tienda “La Socorrito”. Esta historia es mucho más falsa que la anterior, solo son pompas de jabón que no resisten el ligero soplo del viento que viene a ser la verdad, porque a la velocidad que traía el avión no habría podido abrir la puerta para saltar, y por la misma velocidad de la aeronave, no hay forma de que quedara ileso y menos, de que sobreviviera al estrellarse su cuerpo en tierra.  Tampoco se dice las condiciones en que quedó el cuerpo del nacido en Mazatlán después de que impactara sobre el suelo; si sufrió contusiones o traumatismos; si fue atendido en un centro médico o en un hospital; si fueron vecinos de Mérida quienes lo socorrieron o fueron los encargados de asesinarlo los que lo rescataron del sembrío de naranjos y lo trasladaron antes o después de recibir atención médica  a la selva del Estado de  Oaxaca, en donde lo mantuvieron secuestrado por casi 26 años; la forma cómo logró escapar de su encierro y quien o quienes le ayudaron en esta empresa; las condiciones en qué vivió su cautiverio, etc. 

Manifiestan que todo este complot nace como consecuencia del romance que sostuvo Pedro con la actriz francesa Christiane Martell a quien supuestamente embarazó y de quien dicen, que fue amante del político mexicano Miguel Alemán Valdés, quien ejerció la presidencia de su país desde el 1° de diciembre de 1946 hasta el 30 de noviembre de 1952, y de su hijo Miguel Alemán Velasco que llegaría a ser Gobernador del Estado de Veracruz el año 1998.  Christiane Martell llegó a México el año 1954 después de resultar elegida Miss Universo el año 1953 en el concurso celebrado en Long Beach, California, USA. Se conoció con quien sería su esposo el año 1958 (Pedro había fallecido el año anterior) y se casaron el año 1961. Cuando manifiestan de que la orden de asesinar a Infante proviene de un presidente, sin precisar el nombre, podemos pensar que se trata de Adolfo Tomás Ruiz Cortines (sucedió a Alemán Valdés), quien gobernó México entre el 1° de diciembre de 1952 hasta el 30 de noviembre de 1958, lo que haría del asesinato de Infante una cuestión de estado, ya que por algo intrascendente ocurrido en el régimen pasado, el gobierno siguiente haya heredado la obligación de ejecutarlo, obviándose o dejándose de lado, el hecho de que Pedro había mantenido muy buena relación con estos dos presidentes. Y, en el supuesto, de que haya existido un problema de faldas, este habría sido un problema netamente personal y no institucional como para que se haya urdido un plan criminal desde la misma Presidencia de la República contra el nacido en el Puerto de Mazatlán. Como podrá apreciarse de la lectura, las fechas y los personajes no encuadran en esta historia que no tiene pies ni cabeza, porque la muerte de Infante se produjo el 15 de abril de 1957, cuando en México gobernaba Ruiz Cortines. Ahora bien, en la película VIVA EL CHUBASCO, producida por Antonio Aguilar y rodada en 1983  contando en los estelares con el mismo Antonio y el piporro, encontramos a un Antonio Pedro actuando como extra (el policía más chaparro que en toda su participación no articula palabra alguna) y vemos que no existe mayor parecido físico con Pedro, lo que nos lleva a presumir, que para alcanzar cierto parecido con el sinaloense más adelante, tuvo que haber pasado necesariamente por el quirófano. Otra cosa que llama poderosamente la atención y resulta imposible soslayar, es que habiendo sido Pedro Infante mayor que Antonio y Eulalio (para esa fecha Pedro debería haber tenido 66 años de edad, Antonio 64 y el piporro 62) en las escenas de la película en que aparecen juntos, a Antonio Pedro, el supuesto Pedro Infante, se le ve mucho más joven que a estos dos connotados actores y cantantes que destacaron y brillaron con luz propia en la Época de Oro del Cine Mexicano.

Como sustento diremos que el ídolo inmortal nació el 17 de noviembre de 1917; Antonio el 17 de mayo de 1919; y el piporro el 16 de diciembre de 1921. Cómo puede un hombre que padecía diabetes y que ha estado privado de su libertad durante aproximadamente 26 años conservarse tan lozanamente, si cómo manifiestan, sufrió toda clase de vejámenes, abusos y malos tratos, y que no se sabe si recibió una atención médica esmerada y especializada. De ser cierto los excesos que se cometieron en su contra y su enfermedad no fue tratada como se debía, su salud tuvo que verse afectada, resquebrajada. También es menester mencionar, que las imágenes de Antonio Pedro nos muestran a un hombre que tiene abundante cabello, mientras que el ídolo de México en sus últimos años de vida mostraba una pronunciada y progresiva calvicie, que seguramente, de haber sido Antonio Pedro, éste habría estado totalmente calvo para esa fecha. 

Quién no hubiera querido ver y escuchar nuevamente a Pedrito personalmente. Al igual como lo hizo en el pasado, el pueblo se hubiera volcado a los locales donde se presentara y se hubieran dado llenos de bandera. Los organizadores de estos eventos habrían visto crecer su inversión, pues el éxito financiero estaría asegurado. Qué le hubiera impedido retomar su carrera artística y saborear nuevamente los placeres del triunfo. Filmar películas y grabar discos con temas inéditos acompañado por sus mariachis hubiera constituido un gran acontecimiento para su público que se habría manifestado en su masiva adquisición nada más puestos a la venta en los lugares de expendio.  Las salas cinematográficas hubieran lucido interminables colas de gente que habría pugnado para conseguir una entrada para ver una película suya, ya sea como actor o director. Quizá ya no lo hubiéramos visto en pantalla actuar como galán, pero, lo más seguro es que en algunos de sus filmes hubiera cantado, y con eso, el público asistente se hubiera dado por bien pagado.

Cuando en 1983 Antonio Pedro empieza nuevamente a hacer vida pública, don Ángel y don Pepe Infante estaban vivos y ellos que habían sido siempre muy afines, conocían mucho de la vida de su hermano y por lo tanto, hubiera resultado beneficioso para las aspiraciones del “resucitado”  convencerlos de que en verdad se trataba del hermano querido. Estos le debían mucho a su otrora famoso hermano cómo para negarle el derecho legal que tenía a recobrar su identidad perdida.

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Pudo muy bien iniciar un proceso judicial para que las autoridades dispusieran que los familiares de Pedro se sometieran a  las pruebas y exámenes pertinentes que llevaran a demostrar de qué, efectivamente, era el ídolo inmortal. O quizá, más adelante, pudo haber solicitado que sus hijos y otros familiares directos se sometan a pruebas de ADN (que se dice arroja un resultado del 99.99% de precisión) para demostrar, que efectivamente, él era Pedro Infante. En esta parte de la historia sucedió todo lo contrario. La familia de Pedro Infante le exigió que se realizara la prueba de ADN a fin de terminar con el misterio, pero, fue Antonio Pedro quien no se quiso realizar la prueba. Esta negativa podría tomarse como una aceptación tácita de que no era Pedro Infante Cruz, o bien como un indicio de que no se trataba de la persona que decía ser y de allí su negativa para evitar vivir el trance, que seguramente, le causaría la ola de críticas que la prensa de su país, especialmente, le haría por haberse burlado empecinadamente durante tanto tiempo de los más profundos sentimientos del pueblo mexicano con sus mentiras y falacias.

No hay que olvidar, de que en torno a José Antonio Hurtado Borjón se han tejido muchas historias para tratar de demostrar que era el mismísimo Pedro Infante. Podemos citar como una de ellas la que tiene como protagonista a Mario Moreno “Cantinflas”, gran amigo del cantante y actor mazatleco, de quien dicen le habría proporcionado asilo y protección en el rancho, que el hoy fallecido cómico, poseía en México. También manifiestan, que el genial comediante, en un video del año 1970 que se rodara en su rancho, reconoce que Pedro Infante estaba vivo. Esta versión nunca fue admitida por el extraordinario comediante. Los adláteres de Antonio Pedro, que consideran a este video como una prueba palpable de que Infante no falleció en el accidente de Mérida, tratan de confundir a quienes tienen la oportunidad de visualizarlo, pues lo que ellos consideran una afirmación contundente de que el ídolo inmortal estaba vivo por parte del divo de la comedia, no es más que una frase suelta de “Cantinflas” cuando dice que Pedro vive, pues, en realidad, está manifestando que el ídolo de ídolos vivirá eternamente mientras el pueblo mexicano mantenga vivo su recuerdo en sus pensamientos y corazones. 

 

Han presentado infinidad de veces, fotos de Pedro y Antonio Pedro juntos tratando de demostrar el gran parecido físico que existe entre ambos personajes. Igualmente, han publicado fotografías dónde según ellos, la mitad de uno de los rostros encaja perfectamente con el del otro. Con la actual tecnología puede conseguirse este y otros milagros, y como dice Jesús Amezcua Castillo, palabra autorizada en lo que se refiere a la vida de Infante por las sesudas investigaciones que ha realizado, “el parecido físico que pudiera existir entre dos o más personas no constituye prueba concluyente e irrefutable cómo para aceptarse como verdad, que estos individuos que tengan cierto parecido físico necesariamente son familiares”. Además, no hay que olvidar que en un comienzo no se notaba ningún parecido entre ellos (allí está como prueba la película Viva el chubasco, en la cual se podrá descubrir que para el año 1983 en que fue rodada, efectivamente, no se aprecia  parecido físico  entre José  Antonio Hurtado Borjón con el ídolo inmortal), que si se nota años más tarde, aunque, con ciertas diferencias que el bisturí no pudo copiar del original. Esto da pie para pensar, que bien pudo haberse sometido a una cirugía facial para cambiar su apariencia. 

Sobre las razones que tuvo para tomar el nombre de José Antonio Hurtado Borjón, manifiestan que fue una cuestión fortuita, ya que habiendo contraído compromisos contractuales para realizar  presentaciones personales artísticas en los Estados Unidos de América (USA), tuvo que asumir una identidad que le permita tramitar y obtener el pasaporte que le serviría a su vez para conseguir el permiso laboral correspondiente. Partiendo de lo dicho, es bueno formularse algunas interrogantes que merecen una respuesta. Desde cuándo y cómo así asumió la identidad de esta persona que sí existía y no era producto de la invención de nadie. Qué fue lo que sucedió con la existencia del verdadero José Antonio Hurtado Borjón. Cuáles fueron las verdaderas razones que orillaron a la familia del “verdadero” Hurtado Borjón para que se aviniera al delito de usurpación de identidad.  Todas las  preguntas que uno pudiera hacerse, bien pudo Antonio Pedro en su tiempo haberlo hecho de conocimiento público, pues, tribuna en dónde exponer su historia y todo cuanto a ella se refiere nunca se le negó. Las puertas de los medios periodísticos estuvieron siempre abiertas para él, para su familia y para sus manejadores. Así podemos leer reportajes aparecidos en algunos medios de prensa escrita. Del mismo modo, videos que registran  sus presentaciones en vivo en programas de televisión a los que fue invitado, en donde   no supo responder preguntas que ayudaran a esclarecer lo oscuro de su historia. 

La tumba de Pedro Infante, recibe a diario la visita de sus admiradores que la han convertido en estación de parada obligatoria de todo circuito turístico que se haga a la ciudad de México para visitar lugares históricos. Por eso,  siempre está adornada de ofrendas florales. 

En resumen, en nuestra muy particular opinión, la versión de los seguidores de José Antonio  Hurtado Borjón, en el sentido de qué la familia Infante haya negado que este sea el máximo ídolo del pueblo mexicano llevada por un mezquino interés económico no puede ser aceptada. A la familia le hubiera resultado definitivamente más favorable que Pedro no hubiera muerto, porque vivo y una vez recuperada su identidad, tomaría por decisión de la justicia posesión de todo cuanto le había pertenecido en el pasado con sus respectivos intereses, de la cual hubieran participado todos. Incluso, los familiares de María Luisa León Rosas, que por no tener hijos que la heredaran se vieron beneficiados con los bienes adquiridos por Pedro, hubieran tenido que devolverlo todo, pues siendo su cónyuge supérstite, se hubiera erigido en su único heredero.

También es necesario puntualizar, que el pueblo mexicano en su apabullante mayoría, jamás creyó en la historia de Antonio Pedro. Para ellos, al igual que para nosotros, Pedro Infante murió de manera trágica aquel lunes 15 de abril de 1957 junto al resto de la tripulación. Y es por eso, que todos los años por esa fecha, acuden en forma masiva desde diferentes lugares de México a la ciudad capital para participar de los homenajes que se le continúa rindiendo.

Diferencia con la asistencia que convocó Antonio Pedro a sus exequias el 22 de junio del año pasado. Fueron muy pocas las personas que acompañaron sus restos mortales al cementerio de la ciudad de Delicias en el Estado de Durango, donde recibió cristiana sepultura. Podría decirse que a este acto solo acudieron los familiares del occiso. Del mismo modo, este año, al conmemorarse el primer aniversario de su muerte, la asistencia al evento organizado por Cuco Leyva en su memoria, no contó con la participación de un gran número de sus seguidores como esperaban los organizadores. La concurrencia puede cifrarse a lo mucho en 30 personas. Quizá, el hecho de que los organizadores del evento hayan solicitado la colaboración económica de los admiradores de Antonio Pedro para la realización del homenaje en su honor, haya servido para desenmascarar a quienes ven un negocio en esta historia.   

 

En esta parte final del artículo, debemos de resaltar la honestidad, aunque tardía, de la señora María del Carmen Monserrat Gómez Courrench, esposa de Antonio Pedro, que en una entrevista que le hicieran últimamente y cuyo video se encuentra  publicado en you tube, al igual que Cuco Leyva, reconoce que su esposo no fue más que un imitador de Pedro Infante. Y fue un imitador que contó con mucho tiempo para aprender de memoria los ademanes que el ídolo irrepetible solía hacer. Del mismo modo,  se tomó su tiempo para memorizar las frases que mayormente pronunciaba el ídolo inolvidable cuando interactuaba con el público o cuando respondía algunas preguntas que le eran formuladas por periodistas de diferentes medios informativos cuando era entrevistado o le hacían reportajes. Pero, lo que queda en claro en todo esto, es que lo que jamás  se podrá copiar, son los valores y sentimientos que cada individuo trae consigo en su interior desde el mismo momento de su concepción y nacimiento, y qué, con el transcurrir del tiempo se van fortaleciendo con la educación y los buenos ejemplos que recibe de sus padres en su hogar y en su entorno. Viene a ser, algo así, como una marca registrada que le pertenece individualmente a cada persona y que no lo tiene ninguna otra. 

De Pedro siempre se ha destacado su altruismo y su elevada emoción social que lo llevó a compartir cuanto tuvo con los más desposeídos y necesitados, al igual que con los miembros de su familia, razón más que suficiente para que el pueblo que tanto amó lo siga recordando con tanto cariño y amor. De Antonio Pedro, desconocemos si realizó alguna actividad desinteresada que haya favorecido al pueblo. Como decíamos líneas arriba, consideramos, que no existe ninguna condición para aceptar que José Antonio Hurtado Borjón haya sido Pedro Infante. Lo más seguro, es que de tanto vivir en un mundo de mentira haya llegado a pensar que toda esa historia haya sido  verdad. Es casi como lo que sucedió con Johnny Weismuller, el legendario Tarzán de nuestra niñez y adolescencia, el mismo que murió en un Sanatorio en Acapulco a consecuencia de un edema pulmonar, pero, atacado por el síndrome de Alzheimer, lanzando alaridos emulando al singular personaje que interpretó en pantalla. Confundió la realidad con la ficción y llegó a creer, que efectivamente era Tarzán.

 En lo que sí estamos de acuerdo con ellos, es que nuestro recordado y nunca olvidado Pedro Infante, es un ser inmortal y su gloria le pertenece al bendito suelo en que nació, en la gran patria mexicana.

 

Así es cómo recordamos a Pedro, animoso, alegre, feliz con la vida que le sonreía

UN PAVO EN ALTAMAR

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 Texto ganador Concurso Nacional Literario MEMORIAS DEL VIEJO Y LA MAR 2010

UN PAVO EN ALTAMAR*

Por: Hector Palafox 

Conocí la mar antes de conocer la palabra “tsunami” formara parte de nuestro vocabulario, antes de que Titánic fuera película y mucho antes de que nos diéramos cuenta de que todo lo que arrancábamos de sus entrañas algún día se podría acabar.
Nací en un desierto, el Desierto de Altar, específicamente en Caborca, un año antes de que terminara la segunda guerra mundial, considero mi padre iniciar otra actividad y cuando a penas tenía 7 años, mi familia se fue a vivir a Puerto Peñasco y fue de esta forma que de un día a otro cambiamos nuestro desierto de arena por un desierto de sal, el del mar de Cortez.
Yo sabía ordeñar vacas, hacer columpios en mezquites, identificar nidos de pájaros ,cuevas de roedores, tortugas, víboras... Pero no tenía idea de lo que era un chinchorro, tarraya, anzuelo, curricán, plomada, bolla, muelle, remar en panga en contra de las olas y ni siquiera mantenerme a flote cuando el agua rebasaba el nivel de mi cabeza. Pero poco a poco la necesidad me fue invitando a la pedregosa orilla de la playa, primero a jugar con los demás chamacos y después a competir con ellos por el mejor pescado. La vida en el mar es cruda para todos, incluso para los niños. Cuando mis hermanos y yo nos zambullíamos para divertirnos, dejábamos nuestras ropas en el muelle, teníamos que esconderlas donde nuestra imaginación nos iluminara, ya fuera entre los maderos podridos, los cascos oxidados de barcos varados e incluso bajo grandes rocas, pues si los muchachos mayores encontraban una camisa lo primero que hacían era tomar las mangas y hacerlas nudo con todas sus fuerzas y así, nudo sobre nudo las hacían “galleta”, como llamábamos a esa broma en Peñasco. El problema es que los nudos eran tan apretados que la única forma de volver a usar las camisas era cortándole las mangas. Debo decir que antes del año los negocios de mi padre fracasaron y conocimos la mas terrible pobreza, pero aprendimos el mas maravilloso ingenio para subsistir ante esa adversidad.
Los abusos no terminaban allí, pues por la necesidad, el hambre y quizá también el desamparo en que nos encontrábamos los menores, el marinero ocioso o vaguito que te veía con un pescado en la mano, si podía te lo arrebataba y al intentar defender la comida de tu casa, lo único que te llevabas era un par de cachetadas y un labio roto. Por supervivencia y a punta de trompadas, nos tuvimos que hacer hombres mucho antes de lo que ahora los niños tienen que hacerlo.
A los doce años ya andaba en los barcos camaroneros haciendo lo que mi enclenque cuerpo me permitía y fue así que me convertí en pavo del barco Santa Cruz. Ser pavo significaba hacer de todo y sobre todo lo que nadie quería hacer, tenías el rango de sirviente del sirviente, el mandadero de cualquier marinero, el lavaplatos del cocinero, el limpiador del maquinista, el mozo del contramaestre y por excelencia el chalan del capitán... pero todo esto sin ningún tipo de pago, bueno, al menos no en dinero, pues el darte de comer, dejarte aprender los oficios de la navegación y regalarte un puñado de camarones al llegar a tierra era considerado un verdadero privilegio ya que muchos chiquillos del puerto se peleaban por ser el pavo de cualquier embarcación.
La ventaja de ser el pavo es que aprendías de todo, pues te tocaba hacer amarres, achicar el barco cuando estaba fondeado, engrasar el motor y ponerlo en marcha, lavar la cubierta e incluso preparar en la cocina cualquier capricho de los marineros pues junto con el cocinero tenías que hacer tortillas de harina de trigo, hornear pan, freír y preparar huevos en todas sus variedades. Pero lo que más me gustaba era tener la oportunidad de hacerme del timón cuando el capitán andaba de buenas, por eso tenías que ser hacendoso y acomedido porque “gobernar” era el privilegio que justificaba muchas penurias en altamar, era sentirse capitán y hasta dueño de la embarcación por unos minutos, era sentir que tenías las vidas de todos tus compañeros en la punta de los dedos al dominar la aspereza del enmohecido timón.
Si la vida en puerto es dura, en el barco para muchos es insufrible, pero para otros se convierte en una verdadera pasión de vida y ese fue mi caso. Los marineros te tratan con brusquedad y cuando hay que hacer algo difícil siempre mandan al pavo, cuando se necesita desenredar el chinchorro o una maraña de algas en la propela a unos metros bajo el agua, nadie quiere hacer tan tediosa tarea y por supuesto no falta quien diga: “manden al pavo”. Pero muchas de estas labores son además de complicadas, peligrosas y si se te ocurre negarte, lo primero que harán será cuestionar tu hombría, lo que en aquellos años era cosa muy seria, no como ahora que hasta da risa. Todo el tiempo que pasas en cubierta estás siendo retado y forzado al límite de tus capacidades y piensas que la misión de tus compañeros es hacerte saltar por la borda y no volver más. Sin embargo al paso del tiempo vas descubriendo que pese a todas las maldades, desafíos y bromas pesadas, realmente siempre te están cuidando y observando de reojo aunque no lo notes. En altamar, todos navegamos en la misma tabla y la tragedia de uno es la tragedia de todos, el sentimiento de hermandad y unidad se hace evidente en las tempestades, cuando alguien se accidenta o cuando la desesperanza se apodera de la tripulación.
Los barcos chicos como los camaroneros regularmente tienen seis camarotes más uno para el maquinista y el pavo es siempre el octavo tripulante, razón por la cual te ves obligado a dormir en el rincón más seco que pudieras encontrar, porque sobra esta decir que todo el día estás mojado de pies a cabeza. Los primeros días es difícil acostumbrarte al vaivén del mar y cuando tus compañeros te ven la cara de todos colores te amenazan por si acaso se te ocurre vomitar y te dicen que la forma de curar el mareo es morder el ancla y algunos incautos confiamos en esos remedios o rituales mágicos, pero buscamos morder el hierro del ancla cuando nadie te ve, porque sabes “que no es de hombres mostrar miedo o debilidad”.
Para los enamorados los atardeceres en el mar son una de las visiones más cautivantes de la naturaleza, con sus embelesadas nubes salpicadas de colores y el astro rey en llamas hundiéndose en un espejo platinado de agua, sin embargo para los marineros un atardecer es como el cantar del gallo para los rancheros, la hora en que hay que desperezarse y comenzar a calentar el café, pues las faenas de la pesca comienzan al caer el sol, de cuatro o cinco de la tarde a seis de la mañana, dependiendo de la época del año. Los privilegios de la pesca consisten en poder comer frijoles cocidos con rebanadas caracol de mar hervido, pescado fresco o seco asado, burritos de machaca, con salsa ranchera a cualquier hora, chocolate con leche y te de canela caliente, pero la pesca nocturna también impone muchos riesgos y nos mantiene con las emociones a flor de piel. Lo más inquietante es imaginar que en la negrura del agua se oculta alguna bestia esperando a que metas un pie o una mano para arrancártelo a mordidas. El mar siempre exige respeto y a media luz se convierte en una amenaza terrorífica hasta para el más bragado de los hombres. Todos los marineros le temen al mar, pero nadie lo dice, intentan mostrarse valientes y desafiante, es una de esas leyes no escritas, el que un hombre nunca debe quedarse solo en cubierta porque si se cae por la borda o si una jarcia, cable o cuadera se revienta y lo golpea, su vida pendería de un hilo y cuando el resto de los tripulantes lo notara, sería quizá demasiado tarde, cosa que meses después aprendí de la peor manera...
Recuerdo que en una madrugada al salir de la cocina, la cubierta se encontraba desierta, era justo el momento anterior a levantar un lance y jalar las redes. Sentí deleitante la frescura de la brisa marina en el rostro aun caliente por el calor de la estufa, me acerqué a la orilla para tomar una bocanada de aire helado. Entonces con los parpados cerrados y la boca entreabierta inhale profundamente, cuando un tétrico y espeluznante ronquido me hizo abrir los ojos al instante. Frente a mi vi un palpitante lomo negro que reflejaba las luces del barco y se acercaba al ritmo del oleaje hacia mí. En un segundo salte empavorecido al interior de la cocina, jamás había visto yo un monstruo de esa magnitud y mucho menos tan cerca. Busque avisarle a alguien, pero mi miedo era tan grande como la vergüenza de gritar para pedir auxilio, sin embargo debía alertar al resto de mi espantoso descubrimiento, pues imaginaba que semejante bestia sería capaz de partir el barco por mitad de una tarascada. Me asomé por la ventana para ver que el animal flotaba paralelo al casco del barco apenas a un par de metros de distancia... yo levantaba la cabeza por la escotilla y cuando la fiera gruñía con su amenazador ronquido que me paralizaba hasta el habla, volvía a agazaparme en la alacena. Un marinero de nombre Timotéo me vio desde la popa y sospechando que estaba muerto de miedo estalló en carcajadas y sin que nadie más lo notara entró a la cocina para tomarme del brazo y pedirme que consiguiera el cepillo que se usaba para tallar la cubierta. Yo se lo entregué sin cuestionar y él, tomándome por la muñeca me dijo: “Ven güero, es un pejesapo y vas a ver como le gusta que le rasquen el lomo”. El joven enhielador mojó el cepillo en el mar y comenzó a frotarlo sobre el dorso del animal a lo que la bestia sólo giraba ligeramente para ofrecer otras partes de su cuerpo a la caricia. Viendo yo que el colosal animal era inofensivo, me atrevía a tomar el mango del cepillo y hacer lo que mi compañero me había mostrado. Aprendí que aquel noble monstruo marino era manso como un cachorro y muchos años después en la televisión descubrí que a mi pejesapo los oceanólogos lo llaman tiburón ballena y que se alimenta de microorganismos pues no tiene dientes para masticar. Si los demás compañeros me hubieran visto escondiéndome de aquel animal, seguramente habría sido la comidilla de la travesía, pero el buen Timoteo no olvidaba sus inicios como pavo y quizá por eso me guardó el secreto. Pero esa no sería la última vez en enfrentarme a un tiburón, sin embargo mi segundo encuentro con uno de su especie, aunque fue menos terrorífico, fue también mucho más estresante, cansado y angustioso.
Durante las horas de sol los marineros duermen o intentan matar el tiempo a como de lugar y una de las formas más recurrentes es lanzar la piola al agua, esperando capturar algún pez que los convierta en leyenda al llegar a puerto; o simplemente como diversión, de este modo, semanas después a mi experiencia con el juguetón pejesapo, algunos marineros lanzamos nuestros anzuelos y esperamos a que algo picara. En aquel entonces yo no sabía identificar cuando la presa era buena o cuando lo atrapado era un temible cazador como lo es el tiburón. Y es que con el tiempo aprendes que los tiburones avisan de forma peculiar cuando muerden tu carnada; si la mordida se siente como un fuerte tirón en el brazo y luego si el jalón es, en dirección a los lados , entonces lo que hay que hacer es jalar de golpe hacia arriba para intentar recuperar al menos el anzuelo, pues si se espera a que el animal se enganche en el fondo del agua se hace un gran alboroto, ocasionando una estampida de los otros peces y todo se puede perder, puesto que en aquellos años a los tiburones nadie se los comía ni se creía que su aleta dorsal fuera afrodisiaca, ni se les mataba por deporte. Por eso se decía que sólo al más bruto le picaba un tiburón... y aparentemente yo fui el bruto aquella tarde.
Cuando sentí el primer jalón en el sedal, no identifiqué que se trababa de un depredador y dejé entonces que se tragara la carnada y se enganchara del anzuelo. Cuando intenté jalar al animal hacia el barco, sentí un tirón que me hizo dar tres pasos hacia un lado, fue entonces cuando el capitán supo que había picado un escualo. Pero en su afán de probarme como marinero me ordenó que lo sacara y lo pusiera en cubierta. Todos olvidaron sus faenas y levantaron sus líneas de pesca para verme pelear con la fiera. Si yo daba un tirón y recuperaba un metro de piola, el animal bajo el agua jalaba desesperado y me robaba dos metros, era como intentar jalar un novillo con una cuerda a la cima de un cerro. Su fuerza era muy superior a la mía y eso causó que la ceñida cuerda me hiciera sangrar la mano derecha, pero no podía demostrar dolor o desesperación ante toda la tripulación que me devoraba con la mirada. Jalaba con una mano y recuperaba cuerda con la otra. Las palmas desnudas se aferraban a la fibra de la línea pero el animal se sacudía y con cada sacudida hacía que me temblaran las piernas. Pronto la mano izquierda, también comenzó a sangrar y los dedos se me ponían blancos por la falta de circulación. Encorvaba la espalda, cedía un poco de cuerda para cansarlo y después intentaba recuperarla, pero mientras yo luchaba por mantener mi orgullo, el tiburón lo hacía por conservar su vida, supongo que tenía mejor motivación que la mía. Dos metros recuperados y cinco más perdidos. Hasta ese momento ni siquiera había podido ver a mi rival, él se debatía en las profundidades y yo sobre la salpicada cubierta con las manos en la piola y un pie en la obra muerta (barandal del barco). Empecé a sudar y sentía que las lágrimas estaban a punto de escapar por el rabillo de mis ojos. Volteaba a ver al capitán con la esperanza de que me ordenara perder la línea, pero cada vez que mi mirada encontraba la suya, me gritaba con más fuerza que no me dejara, que sacara a ese animal así fuera lo último que hiciera. Estos han sido quizá los cuarenta minutos más cansados de mi vida, al grado que los brazos se me comenzaron a acalambrar y en un intento desesperado por acabar con mi sufrimiento, tuve la idea de enrollarme la piola alrededor de la cintura como había visto que los rancheros hacían para dominar dominar el ganado, cuando los lazaban en los corrales. Más tardé yo en darme un par de vueltas con el sedal a la altura del ombligo, que lo que les tomó a cuatro de mis compañeros abalanzarse sobre mí para protegerme, pues intuyeron que el animal sería lo suficientemente fuerte para arrojarme al agua y tras una apresurada llamada de atención, me azuzaron para que lo pescara usando sólo las manos. Pasé otros minutos de desesperación y dolor antes de que el pez en un arrebato instintivo girara varias veces bajo el barco y luego tirara en dirección a la proa, con lo cual fue tan fuerte la huída que la piola se reventó y pudo escapar. Cuando sentí la cuerda floja entre las manos, los brazos se me cayeron de cansancio y me derrumbé sobre el entarimado. Unos metros adelante el descomunal animal saltó sobre la superficie y pude ver su panza blanca, ahora, muchas décadas después de aquel enfrentamiento, creo que lo que intenté sacar del agua fue un joven tiburón blanco de unos tres metros y algunos doscientos kilos de peso. No me extraña que la piola haya cedido ante la extraordinaria tensión. De esa forma el tiburón me dejó con mi valentía y orgullo intacto y él se fue con mi carnada y su vida a cuestas. Aunque ninguno fue capaz de vencer al otro, sin duda los dos salimos victoriosos. Y fue de esta brusca forma en que día a día aprendí un poco más del mar y sus misterios, sus desafíos y sus bondades, mismas que un día habrían de servirme para salvar mi vida en contra de todo pronóstico.
Sucedió que en una ocasión el capitán me pidió un café alrededor de las 3 de la mañana. Me dirigí a la cocina y encontré todas las tazas sucias. Al no haber agua para lavar los platos, tomé el cubo que se usa para baldear, el cual está amarrado con un cabo por el asa y lo arrojamos al mar bocabajo para llenarlo de agua, mientras que el otro extremo de la cuerda lo atamos con una lazada especial a la muñeca para regresarlo a cubierta.
Al salir de la cocina no vi a nadie en la popa y se me hizo fácil lanzar el cubo con el barco navegando a más de quince nudos por hora. Lance el balde al mar y rápido se lleno a su máxima capacidad, pero fue tanto el peso de la cubeta y era tanta la velocidad de la nave que el recipiente me jaló como si fuera un ancla y en un parpadeo me encontraba sumergido entre las olas, la espuma y la estela que dejaba la propela del barco. Cuando pude sacar la cabeza por la superficie, el Santa Cruz ya estaba como a veinte metros de mi posición y por más que me esforcé en gritar, el rugido del motor ahogó mi clamor.
Intenté nadar hacia el navío, pero resultaba imposible alcanzarlo. Las botas de hule, la chamarra y el cubo de lamina galvanizada me pesaban como piedras, pero no me animaba a soltar lo único que me resultaba familiar y me ligaba a mi hábitat, en medio de la nada. Minuto a minuto la luz del mástil se perdía en la penumbra y a la media hora no era más que un opaco resplandor en el horizonte. Ese día supe lo que verdaderamente significa pavor, a mi derredor todo era obscuridad y en los pies sentía el frio invernal de la corriente que me arrastraba a la incierta deriva. Estaba absolutamente solo, acompañado únicamente de mi miedo y la desesperanza. Quise zafarme las botas para flotar con más facilidad, pero aprendí que la planta de los pies por ser blanca, atrae a los tiburones, pues las confunden con pequeños peces que se agitan a poca profundidad, entonces por muy incómodas que me resultaran, decidí dejármelas puestas.
Una hora después de mi infortunio, el capitán se extrañó por la falta de su café y me mandó buscar. Al no encontrarme en ninguna parte, notaron que el cubo tampoco estaba e inmediatamente adivinaron mi torpeza y mi infortunio. Toda la tripulación se puso a calcular el lugar en donde podía encontrarme cuando fueran por mí, pues ya había pasado mas de una hora y tardarían otro tanto en regresar y si volvían por la misma ruta sabían que la marea debía haberme arrastrado varios kilómetros mar adentro, por lo que el capitán y los más experimentados del grupo hicieron un pronóstico del ángulo en que debían navegar para tener más oportunidades de encontrarme en la infinita obscuridad, sin embargo sabían que era muy probable que jamás me volvieran a ver. Tengo conocimiento de que nunca habían rescatado con vida a otra persona caída.
Por mi parte intentaba orientarme para saber dónde podía encontrar tierra firme y una vez que ubiqué el lugar hacia donde tendría esperanza de nadar para encontrar salvación, me di cuenta que la marea estaba bajando, lo que significaba que la corriente se alejaba de la costa y con ella me jalaba más y más hacia las entrañas del golfo. Supe que lo más prudente sería conservar las fuerzas y esperar unas tres o cuatro horas hasta que la marea comenzara a subir y así paulatinamente, al amanecer me acercaría a la playa y una vez vislumbrando algún cerro, haría mi último esfuerzo por bracear hasta el límite de mis fuerzas... pero el corazón me decía que mi lucha sería inútil, sin embargo no me permití derrumbarme emocionalmente sin antes haberlo intentado, me jure por mi y por mis padres luchar hasta mi ultimo aliento salir victorioso de esa pesadilla. Junto a mí flotaban algas que me rozaban los brazos y el cuello y una cantidad extraordinaria de tenebrosos sonidos se escondían entre las aguas. Sentía que en cualquier momento un animal me jalaría por las piernas y hasta allí llegaría mi vida, una cosa era morir ahogado y otra devorado en pedazos. Desolación, angustia, impotencia, pánico, desconsuelo y una tempestad interminable de emociones amargas se arremolinaban dentro de mi ser, pero abrazado el cubo, levantaba la mirada a la luna y rezaba con toda la fuerza de mi alma. Intentaba no moverme mucho ni hacer espuma para no atraer depredadores y lentamente meneaba las piernas para mantenerme a flote. El cansancio y el frío comenzaban a adormecerme pero sabía que si me entregaba al impulso, ese sería seguramente mi último sueño y yo deseaba ver al menos un amanecer más.
Mas de dos horas después, que para mi fueron eternas, de mi involuntario clavado desde la borda, la chamarra, el balde de metal y las anegadas botas me jalaban a las profundidades, mientras el Padrenuestro ya era sólo un eco en mi aturdida conciencia. Los párpados se me cerraban y el agua salada que había tragado me secaban la garganta y revolvía las entrañas. Sentí a la muerte asirme por los tobillos y comencé a aceptar mi destino... pero de repente, a lo lejos escuché el bufido sordo de un poderoso motor, que para mí era demasiado conocida, distinguí el verde y el rojo de las luces de situacion, así como la brillante luz del mástil, que alumbraba para mi consuelo, el tan ansiado rescate. Quise gritar pero mi voz era apenas un suspiro, entonces mi reacción instintiva fue alborotar el agua para que el reflejo de la espuma se distinguiera a la distancia y finalmente, después de dos horas y mil plegarias, el milagro ocurrió, alguien gritó mi nombre y unos minutos después el bulto de mi cuerpo era subido al barco. Pasé más de doce horas dormido y desperté envuelto en tres cobijas en el acolchonado camarote del capitán. Allí supe que las bromas, amenazas y maldades de mis compañeros no eran mal intencionadas, todas ellas estaban dirigidas a hacerme fuerte, supe que era importante para ellos tan sí es que abandonaron sus redes y la pesca de todo un día para lanzarse en mi auxilio. Supe que ese día, gracias a mi denodada lucha, a mi osco aprendizaje y el esfuerzo para sobrevivir, finalmente me convertí en lo que más deseaba: en todo un marinero.
El ser pavo en altamar ha sido sin duda alguna la experiencia más enriquecedora de mi largo andar por esta vida. Aprendí mucho sobre las artes de la pesca, la forma de vencer las olas, a leer las estrellas y los ciclos de la luna, a cocinar manjares con pocos ingredientes, a obedecer autoridades, a respetar jerarquías, a luchar por subsistir bajo las peores circunstancias y a nunca dejar solo a un amigo en situaciones de peligro a pesar del riesgo que esto suponga. Servir de pavo en un barco te obliga a convertirte en una persona de bien y a ver los obstáculos de la vida cotidiana en su justa medida, pues si en la calle alguna vez tienes un problema con algún taxista furioso armado con un bastón, entiendes que al menos eres amenazado en tierra, en tu hábitat natural y no por un temible tiburón con siete hileras de dientes en medio del mar en donde todo está en tu contra; cosa que no sucede en altamar en donde a decenas de kilómetros sólo puedes ver un agreste panorama de agua embravecida y te sabes abandonado a tu suerte e ingenio. El pavo pues, adquiere los conocimientos necesarios para eventualmente llegar a capitán, pero en mi caso adquirí los conocimientos y el valor suficiente para dejar mi pueblo a los diecisiete años y desafiar la aventura de salir adelante en a una inhóspita ciudad a dos mil kilómetros de distancia, para hacer una carrera universitaria en contra de todos los desalentadores augurios de amigos y hasta de algunos parientes. Las hambres que pasé como estudiante, los camiones que tuve que tomar plagados de asaltantes y las pocas horas de sueño combinadas con extenuantes jornadas laborales me parecieron siempre poca cosa a lo que significaba enfrentar los desafíos de la mar con las manos desnudas, tiritando de frio en la alborada con sólo una taza de café sin leche en el estómago y con tan sólo doce años cumplidos.
Hoy me siento orgulloso de mi familia, mis logros personales como profesionista, los trabajos en importantes empresas que llegué a tener bajo mi cargo, pero aun después de cinco décadas, me siento honrado de contar mis aventuras de la infancia, surcando el horizonte en el indómito Santa Cruz matricula # 123-1951 Pto. Peñasco, Sonora. y decir que muchos de los éxitos que a lo largo de mi vida pude alcanzar, los debo sin duda al privilegio de haber sido ¡un pavo en altamar!

FRANCISCO VILLA Historia y Vida

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FRANCISCO VILLA Historia y Vida

Anoche en el C.I.E. se presentó la conferencia “Francisco Villa, Historia y Vida”, a iniciativa de la COMISIÓN DE HISTORIA Y CULTURA DE LOS MOCHIS, A.C. en coordinación con el Centro de Innovación Educación y el Instituto Municipal de Arte y Cultura.

La conferencia fue disertada por el LIC. ESBARDO CARREÑO DIAZ de una manera muy didáctica, es decir no siguió el método tradicional del monólogo, sino que se caracterizó como Pancho Villa y esa fue la manera en que sorprendió a los asistentes y, la verdad sea dicha, le encantó al público asistente.

Las ayudas didácticas son medios que sirven de apoyo en el proceso de enseñanza-aprendizaje, son auxiliares de la cátedra, recursos de apoyo, instrumentos o soportes para y del proceso.
De manera que los asistentes salieron muy complacidos al ver en escena a Pancho Villa y a Don Francisco I. Madero platicar en el más allá sobre sus participaciones en la revolución de 1910 en nuestra Patria. 
Esbardo Carreño, Cronista Oficial del municipio de San Juan del Río, Durango, nos hizo sentir que era a Villa a quien teníamos en frente y, su capacidad histríonica, es tal que nos transmitió fielmente lo que en algún momento de su vida Villa sintió, como cuando se narró la escena en la que el dueño de la hacienda quiso llevarse a la hermana de Pancho para violarla y, como su mamá, le pedía al patrón que no lo hiciera y como fortuitamente llega en ese momento Doroteo Arango y defiende a su hermana del patrón y Doroteo le dispara tres tiros y uno de ellos hiere al amo y de allí que tiene que huir ante la amenaza tácita de que el patrón lo mandara matar.
Esa huida al final lo lleva a enrolarse con bandidos y aprende lo suficiente para posteriormente unirse a la revolución iniciada por Francisco I. Madero, a quien representó el Ing. Guillermo Fabela Vizcarra. 

 

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Ambos personajes hicieron que los asistentes estuvieran muy atentos a la clase de historia que recibieron y al final hicieron algunas preguntas sobre la vida y obra de Villa y Madero, mismas que fueron respondidas por los expositores quienes dejaron asentado que son magníficos historiadores, de esos que quieres volver a ver.

Seguramente unos meses más adelante y conforme lo permita la agenda de ellos, la COMHISCU los volverá a presentar, caracterizando a otro héroe de la revolución mexicana.

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