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Se vende un buen país

Ya sólo faltan 30 días para que llegue el primer domingo de julio. Ese espectacular día se subastará un país. Hay que estar bien preparado y, además, hay que estar muy precavidos porque todos los oferentes prometen sus mejores gangas. Cada uno ofrece un país maravilloso. Sin pobres, sin rateros, sin desempleados, sin mentirosos y hasta sin tristes.

 

01 de Junio de 2018

Para nuestro mayor confort, los establecimientos estarán abiertos durante diez horas continuas. Habrá docena y media de personas esperando a los asistentes para brindarles la mejor atención y la mayor vigilancia. Pero, además, nada de anticipos ni de enganches. Tan solo habrá que firmar lo que surte el efecto de un voucher. Ésa es la boleta electoral y no hay que estampar la rúbrica, sino, como a la antigua, tan sólo ponerle una cruz.

Esa gran promoción es lo que suele conocerse como el día de las elecciones o, en lenguaje jurídico, la jornada electoral. En esa tan esperada fecha se dará la cesión y la adquisición completa de todo un país. Por cierto, que no un país ajeno ni distante ni distinto ni imaginario, sino el nuestro, que es uno de los mejores países del planeta.

Por eso pareciera ser un asunto de nuestro mayor interés. No sólo están jugando los partidos y los candidatos. Por encima de ellos y más allá de ellos, se está jugando nuestro futuro y nuestro destino. Lo queramos o no, lo que se está apostando en la mesa del casino político nacional somos nosotros mismos.

La gran promoción que se avecina se trata de una gran venta porque, de alguna manera, en eso consiste el moderno sistema electoral de los países civilizados. Primero surgen las ofertas, en forma de candidaturas. Después se genera la competencia de mercado libre, en forma de promesas y de contienda electoral. Más tarde se compra la propaganda, en forma de publicidad. Y, por último, llega el día de la venta mayor.

Los que más pagan, a través de la mayoría de sufragios, serán los que decidan la adquisición del proyecto de nación, o, por lo menos, de lo que les han prometido como el proyecto de nación. Como país pluripartidista que somos, con tan sólo 19 millones de votos se podrían llevar el país y, si me apremian, puede ser que hasta con tan sólo 16. Todo depende de tres variables, siempre presentes: abstención, sesgo y traslación.

Los electores cuentan con mucho tiempo para pagar. En algunos casos serán sus hijos o sus nietos quienes tengan que afrontar, con su bienestar y su esperanza, el costo de esa jornada dominical donde sus padres o sus abuelos decidieron el destino, redimido o hipotecado, de dos generaciones de mexicanos.

Por eso, ¡cuidado, mucho cuidado! Porque, como decían las antiguas consejas, después de salida la mercancía ya no se admite ninguna reclamación. Es por eso que los electores siguen siendo consumidores totalmente indefensos. Si el producto que escogieron ese fin semana tiene defectos o si se les descompone, pues ya ni modo. Con su pan que se lo coman. Porque no hay cambios ni reposiciones ni devoluciones.

También debieran prevenirse de la adquisición de un “producto-patito”. Porque la gravedad de nuestras patologías políticas no se curan con placebos ni con amuletos ni con merolicos. La inseguridad, la delincuencia, la corrupción, la desigualdad, la ingobernabilidad, la ineficacia y la impotencia, por sólo mencionar siete, no se curarían en 6 años, gane quien gane y hágale como le haga. Pero, si con alguno mejoráramos un buen tramo, digamos del 30%, sería nuestra gran maravilla. Un nuevo “milagro-mexicano”.

Pero, por el contrario, un sexenio es muy suficiente para retroceder y postergar el remedio a más de dos generaciones. No vaya a ser que, por añadidura, reculemos en lo avanzado en democracia, en diplomacia, en estabilidad, en constitucionalidad, en libertad, en escolaridad, en salubridad, en productividad, en confiablidad, en conectividad, en competitividad y en liberalidad. Un mal gobierno puede condenar a México a 50 años irrevocables de matones, de asaltantes, de tarugos, de tiranos, de ignorantes, de enfermos, de descartados, de desesperanzados y de encabritados.

Por eso, vale la pena que los electores se tomen muy en serio lo que significan esos siete minutos dentro de una casilla electoral, con los que van a decidir el beneficiario de sus votos, el virtual dueño de México y el destino de nuestra nación.

No vaya a ser que se equivoquen, como ya les ha sucedido. No vaya a ser que los engañen, como ya los han timado. No vaya a ser que destruyan a su nación por su mera equivocación. Porque está comprobado que, en los asuntos de la política, al final de cuentas todos tenemos la razón. Lo que nos distingue a unos y a otros es que algunos la tuvimos a tiempo y los otros, por desgracia, la tuvieron cuando ya no había ningún remedio.

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