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CUÍDALOS DIOS MIO.

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CUÍDALOS DIOS MIO.

Hoy el alto mando me ordenó que lavara los carros, y dijo me que los quería ver muy brillosos, por lo que tácitamente me sugería que los encerara, y, donde manda capitán no gobierna marinero.

Y encontrándome en plena faena en el patio de mi casa, escuché el ruido del motor de un avión de esos de 6 plazas, mono motor, en Sinaloa les decimos “avioneta”, rápidamente levante la cara hacia el cielo y vi el avión que iba hacia  el norte a unos 5 mil pies de altura. De inmediato exclamé: ¡cuídalos Dios mío!

Rápidamente me acordé de mi madre +, ella cuando yo era un niñito nos había instruido que cada vez que pasara un avión por donde nosotros los pudiéramos ver, había que pedirle a Dios Nuestro Señor que cuidara a los que iban en el avión. Y  esa instrucción fue siempre para los que trabajaban  en nuestra casa, así que todos los días las sirvientas y quienes estaban trabajando, al pasar el avión de Aeronaves de México, gritaban:¡ CUíDALOS DIOS MIO! y los niños con más razón, gritábamos con mucha fe.

Debo decir que nosotros vivíamos en la SICAE, que estaba en un predio que va desde lo que ahora es el boulevard Centenario hasta donde esta una agencia de autos (en Los Mochis) y los aviones pasaban por encima de lo que ahora es el parque Sinaloa, a veces con rumbo sur, cuando salían de la ciudad y a veces con rumbo norte hacia “la aviación” o sea el aeropuerto, pero el ruego a Dios era siempre que pasaba el avión.

En más de diez años que vivimos allí,  sólo una vez vimos que un avión estuviera en peligro y por ende sus pasajeros, fue un 20 de noviembre, a finales de los 50s., el avión era un bimotor de carga y lo habían cargado de camarón y cuando partió hacia su destino que era E.U., al despegar uno de los  motores  empezó a tronar o explosionar, y eso puso en alerta a la gente que estaba en el estadio Mochis presenciando un juego de béisbol, y que salió del estadio y  corriendo siguieron el rumbo sur que llevaba el avión, pues sabían que ese avión se estrellaría muy pronto, y como estaba en la mente del pueblo el accidente sucedido en Mérida, Yucatán, un 15 de abril de 1957, donde se estrelló el avión en que viajaba Pedro Infante, el ídolo sinaloense, mucha gente siguió al avión.

En esa tarde, yo jugaba  en el patio de mi casa y escuche la fuerte explosión y de inmediato miré hacia donde venía el sonido y vi que el avión apenas había evitado golpear una alta palmera del jardín de Benjamín Johnston (parque Sinaloa) y el avión se fue en picada para caer en un grande predio sembrado de caña. Al momento que vi el avión grité: ¡CUIDALOS DIOS MIO!

A los pocos minutos vimos pasar por el camino hacia los campos cañeros a una gran multitud curiosa que iba hacia el punto donde cayó el avión. A Dios gracias no hubo heridos, el avión cayó encima de la caña que ya media por lo menos metro y medio de altura y amortiguó el golpe, las aspas del avión cortaron como media hectárea de caña, la cual estaba recién regada de manera que todo eso ayudó a que el avión no sufriera daños estructurales.El aterrizaje se dio  a unos 20 minutos de mi casa yendo a pie con rumbo sur.

Mi madre no permitió que yo fuera al  mitote esa tarde, pero al otro día por la mañana ya estaba yo junto al avión y había gente que estaba descargándolo poniendo los camarones empaquetados en un camión. Por cierto a mis 10 años de edad le comenté al piloto, que había visto cuando evadió la alta palmera y que en ese momento grité: ¡CUIDALOS DIOS MIO! Y él me preguntó que por qué había dicho eso, y le conté que siempre lo hacía siguiendo las instrucciones de mi madre y le narré  lo que arriba digo.

Al terminar de descargar el avión, ya me retiraba y, el piloto, me dio tres maquetas de camarón y me dijo llevaselas a tu mamá y dile que   le agradezco que le pida a Dios por nosotros cada vez que pasamos por tu casa.

Llegué feliz a mi casa con el preciado cargamento, y se las entregué a mi madre que se puso muy contenta. Ese día comimos camarones en caldo (albóndigas) y guisados al mojo de ajo.

Esa tarde mi madre nos echó un discurso de como Dios había salvado a los pilotos del avión y que – dijo- había escuchado las suplicas que le hacíamos cada vez que pasaba un avión por arriba de donde nosotros estábamos, Doña Nila, que era la señora que lavaba y planchaba, lloró por las alabanzas a Dios que mi madre hizo. ¡Dios es grande!, dijo.

Así que con más ganas le pedíamos a Dios por los que viajaban en los aviones que pasaban con rumbo al aeropuerto y los que de allá venían iniciando el viaje con rumbo a Culiacán o Hermosillo, me refiero a los de Aeronaves de México, ya sabemos que los aviones pequeños iban con rumbo desconocido, más si se trataba de aviones de los “gomeros”.

Bien dirá usted amable lector, y a que viene esta historia, pues le diré, mi madre nos instruyó de que los aviones son un transporte muy peligroso, que si falla la máquina o el piloto, la nave se puede estrellar y por ende morir todos los que van en el avión o por lo menos recibir graves daños, cosa que he comprobado a través de mi larga vida, por ello, hay que encomendar a dios a los que van  en la nave; y dadas las circunstancias de nuestro país y la incapacidad del piloto que lo conduce, sólo veo un camino; gritarle a Dios: ¡CUíDANOS DIOS MIO!

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