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La era de la narrativa. Otra vez

La era de la narrativa. Otra vez

 

 

09 de Diciembre de 2018

Por Jaina Pereyra*
 

Los días pasan y los anuncios siguen. Una, dos, tres notas por día. No alcanza la vida para atenderlas todas. El nuevo gobierno parece decidido a avanzar toda su agenda antes de que se debilite su capital político. Empieza a sentir raspones, pero nada de cuidado.

Mientras tanto, los observadores seguimos acostumbrándonos a leer a la nueva Administración. A sus voceros. Sus gestos. Sus reacciones. Queremos aprender a atribuirle intención a sus decisiones, pero seguimos sin poder anticiparlos. Prueba y error, prueba y error. Los días pasan. Seguimos en el descubrimiento.

Sin embargo, percibo una constante que empieza a asentarse y que, debo confesar, me entusiasma mucho. De pronto, todos hablan de discurso, del poder de las palabras, de las grandes narrativas. La dimensión lírica del gobierno es otra vez, como en los tiempos del priismo más poderoso, protagonista central de las faenas de gobierno, pero también instrumento indispensable para sus críticos.

En la etapa que el Presidente López Obrador identifica como “la era neoliberal”, se abandonó la épica como ejercicio de poder. La técnica, la política pública basada en evidencia, la política comparada, embelesaron a una generación y determinaron su forma de gobernar. En cierta medida, es natural: es prácticamente imposible volver compatible la ciencia con la fantasía. Se confió en los resultados medibles, replicables y se abandonó la narrativa emotiva que debe habitar cualquier ejercicio de gobierno, si quiere mantener el apoyo ciudadano.

Se descuidó la palabra. Se renunció al poderoso lenguaje de los símbolos. Se invirtieron miles de millones en comunicación social, en publicidad, pero ni un peso en narrativa, que no es lo mismo.

Por el contrario, el nuevo gobierno entiende muy bien que su poder radica en las historias que pueda generar. Entiende perfectamente que las naciones se construyen con símbolos compartidos. Entiende el poder de la narrativa, aunque no necesariamente el de la palabra. Los discursos siguen siendo terribles, pero por lo menos parece haber un esfuerzo de explicar la acción de gobierno en el plano emocional. Lo aplaudo.

Y lo aplaudo porque creo que  la política no puede vivir sin emoción y la emoción no puede construirse sólo de datos. La emoción necesita contexto, imagen, imaginación: discurso.

Al mismo tiempo, me preocupa caer del lado contrario. Pareciera que, en el afán de recuperar las grandes narrativas de Estado y de nación, el nuevo gobierno se ha contagiado del espíritu de la época. No pareciera haber ningún escrúpulo para abusar de la imaginación, de las imprecisiones, de las fake news. No hay reparo en “administrar la verdad”, incluso desde la mentira.

Se presenta un libro infantil en la FIL, que incuestionablemente alude al Presidente, pero no se reconoce. La página del gobierno presenta una biografía del primer mandatario, sin respeto alguno por la institucionalidad, y no pasa nada. Las licencias dramáticas empiezan a caer en el absurdo y nadie entiende cómo cuestionarlas eficazmente.

Y esto preocupa por dos razones. Por un lado, porque, en el consistente desprecio por los datos, por la técnica, por la ciencia, el nuevo gobierno parece creer que todo es narrativa y que cualquier historia puede contarse, En un mundo de tecnología compartida, con millones de generadores de noticias, de verificadores de datos, en algún momento, tendrá que confrontarse con la realidad. Tendrá que entender que no puede gobernar sólo con fantasía; se necesita sustento, consistencia, verificabilidad o habrá decepción. Y el país no está para seguirse decepcionando.

Por otro lado, preocupa que los opositores (ya sé, ¿cuáles?) siguen insistiendo en la mezquina discusión desde la técnica. “Es que no le va a alcanzar”, “es que Venezuela”, “es que Hitler”. Puros conceptos inútiles. Si insisten en estas narrativas babosas, seguirán fortaleciendo la versión oficial y será un largo sexenio de monólogos propagandísticos llenos de tracción, aunque ayunos de responsabilidad. Por lo pronto, parece que estos primeros años, en lo que encuentran norte, en lo que aprenden a contar cuentos, habrá una oferta de narrativas, digna de analizarse.

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